por quÉ no me callo

La paz no tiene votos

En el modus operandi está la moda política de estos días de espinas y vinagre. Es un reino de idioteces en el que ejercen su pasantía actores de segunda fila

En el modus operandi está la moda política de estos días de espinas y vinagre. Es un reino de idioteces en el que ejercen su pasantía actores de segunda fila, líderes de poca monta. La autofagia -comerse a sí mismo-, que en términos biológicos es el tema del Nobel de Medicina concedido ayer -al japonés Yoshinori Ohsumi, que descubrió cómo las células digieren sus propios desechos-, quién duda que impregna tanto la esquipsoefrenia como los trágicos suicidios políticos de las fuerzas más sólidas de Europa y América. El proceso de autodesintegración que inaugura Trump en el Partido Republicano USA -Bush apoya a Hillary-, la amenaza que el brexit emite al resto de eurófobos deseosos de echarse al monte asilvestrados, etc. Ahora el no colombiano a la paz. Un no con retranca de venganza reprimida. Patarroyo me había prevenido, meses atrás, a su paso por CampusÁfrica: “Este referéndum me da mala espina, no han pedido perdón.” Cuando después Timochenko, el líder guayabera de las FARC, se excusó por fin solemnemente por los muertos excesivos de esta guerra de cincuenta años bajo el odio, pequé de optimista: ya está, la paz quedó sellada. Y salió el tiro por la culata. La bala perdida de la paz. Santos no subirá a los altares. Impusieron la razón a la demencial carnicería. Pero la paz se supone que se impone por sí misma, está visto que ahora se pospone.El referéndum lo carga el diablo. Dice Timochenko, que aguardaba en La Habana el resultado del plebiscito, que el no es un contratiempo, una contradanza de los acontecimientos, no devendrá nuevas guerras, no volverán a las armas, en favor de la palabra dada. La palabra paz no estuvo nunca en boca de tantos tontamente, pero votos, votos le faltaron centésimas. Aquellos campesinos liberales que abrazaron la ideología comunista hace medio siglo, “tumbaron monte para abrir un claro en la selva”, dice Stephen Ferry en su libro Violentología. Y ahí se desató la ira de Colombia, la voladura, donde nacieron mitos y niños y leyendas de héroes y villanos. Recuerdo a Manuel Marulanda, Tirofijo, del trapo al hombro como Cantinflas. Los idilios de rehenes embarazadas de guerrilleros y las incongruencias de Íngrid Betancourt (secuestrada seis años), que escribió aquellas memorias del martirio en la selva, No hay silencio que no termine, que tanto contrariaron a su compañera de cautiverio Clara Rojas, madre durante el rapto interminable. Se habló y se escribió siempre mucho de Colombia bajo el narco o las lluvias torrenciales de la selva desmesurada. Y ahora llegó lo que John Carlin me advirtió este domingo: “la salvajada de votar al acuerdo de paz: no”.

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