Si eres el secretario general del PSOE y Felipe González dice en la SER que se siente engañado por ti, debes empezar a recoger tus cosas del despacho. Y si, además, El País publica un editorial en el que no te critica, sino que te insulta y te descalifica gravemente, debes despedirte ya del encargado de las fotocopias y de los vigilantes de seguridad, que luego todo son prisas y se te puede olvidar alguno. ¡Ah!, y llamar a capítulo al director de opinión del periódico no te servirá de nada. Pedro Sánchez no siguió estos sabios consejos y se atrincheró en su despacho. Seguramente pensó que el golpe de sus críticos iba a fracasar porque no controlaban el espacio físico del poder, que es lo que recomienda Curzio Malaparte en su manual sobre la técnica del golpe de Estado. Pero Malaparte no conocía ni a Felipe González ni al Grupo Prisa.
Una de las líneas de defensa del dirigente defenestrado insiste en que es el primer secretario general socialista elegido en primarias. Pero se trata de un argumento débil. Primero, porque todos los demás fueron elegidos tan legítimamente como él, con arreglo a la legalidad estatutaria vigente en cada momento. Y segundo, y principal, porque Tomás Gómez, secretario general de la levantisca Federación Socialista Madrileña, también fue elegido en primarias, y eso no impidió que Pedro Sánchez lo pasara a cuchillo. En definitiva, los dos años del mandato de Sánchez se han caracterizado por un continuo corte de cabezas de los secretarios generales y las ejecutivas que no comulgaban con él, desde Galicia a Murcia pasando por Ávila. No puede quejarse ahora de que le hayan aplicado su propia medicina.
¿Han sido los sucesivos descalabros electorales la causa principal de su caída? Ha sido una causa importante, qué duda cabe, pero todo se ha precipitado ante la evidencia de que tenía muy avanzado un pacto público de investidura con Podemos y otro secreto con los independentistas catalanes. Nada distinto a los once votos misteriosos que le aseguraron la presidencia del Congreso a Ana Pastor, por supuesto. Pero el peligro -real- de ese pacto residía en que, ante la deriva radical de Sánchez, su hegemonía fuera secuestrada por Pablo Iglesias. A pesar de los tontos -y listos- útiles que se han opuesto, la conjura contra Pedro Sánchez ha sido una conjura por la supervivencia del partido y un intento de eludir la sombra de Podemos. El tiempo dirá si lo ha conseguido.
