Los independentistas canarios están en deuda (hasta el infinito y más allá) con el actual delegado del Gobierno. El favor que les ha hecho Enrique Hernández Bento bien merece que lo nombren hijo adoptivo o militante predilecto. Se ha ganado que le organicen una cena homenaje con entrega de placa incluida. Qué menos. Se lo deben. Gracias al delegado del Gobierno la bandera de la siete estrellas verdes ondea ya, por los siglos de los siglos, en la pista central del calendario. Transformar la normalidad en problema no es tarea sencilla, pero Hernández Bento lo ha logrado. El delegado ha dado existencia a unas horas simbólicas que sin él y su torpeza habrían pasado desapercibidas. Olvidó -o le interesó ignorar- que cuando socialmente algo fluye con normalidad la mejor receta posible es dejarlo estar. Ignoró -o le interesó olvidar- que en eventos deportivos o verbenas el común de los mortales convivimos hace décadas, sin daño colateral alguno, con las banderas de las siete estrellas verdes -y con las de ron Pampero, delegado-. Nadie ni nada ha puesto en cuestión las otras. Nada ni nadie pretende sustituir esto por lo otro. Un ejército de canarios que ve en el independentismo un simple recuerdo o eco del siglo XX convive con las siete estrellas sin incomodidad alguna, incluso cantándole a los postres. Bento se ha equivocado metiéndose en un jardín tan innecesario como prescindible, generando tensión donde no la había. Al regalarles un protagonismo y una repercusión que nunca habrían logrado sin la ayuda del delegado, Hernández Bento se ha hecho con un hueco en el corazón de los independentistas. Si Alien fue el octavo pasajero, el delegado se ha ganado ser la octava estrella de la bandera. Toda causa necesita algo o alguien que la infle. Están en deuda con Bento porque su error les ha dado vidilla.
La vidilla de Bento
Los independentistas canarios están en deuda (hasta el infinito y más allá) con el actual delegado del Gobierno.
