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el charco hondo

Lágrimas de Garzón

Las lágrimas del juez Garzón fueron en aquel momento sus lágrimas. Coincidiendo con la suspensión del magistrado, José Saramago escribió, allá por 2010, que con Baltasar Garzón las leyes y su espíritu están vivos porque lo vemos actuar.

Las lágrimas del juez Garzón fueron en aquel momento sus lágrimas. Coincidiendo con la suspensión del magistrado, José Saramago escribió, allá por 2010, que con Baltasar Garzón las leyes y su espíritu están vivos porque lo vemos actuar. Actuaciones, a las que aludió Saramago, que condenaron al juez a situarse de por vida (y jugándosela) en ese punto de mira que le puso en bandeja el título de su último libro. A Garzón lo tomas o lo dejas, sí o no, gusta o disgusta, crees en él o no, filias o fobias, percepciones que abarcan todos los catálogos salvo el de la indiferencia. El juez actuó. Y habló. Y opinó. Y se mojó en un país en el que está mal visto que los jueces piensen en alto pero se aplaude que los periodistas sentencien. Si Garzón cae bien o peor es lo de menos. Da igual si esto o lo otro. Con el juez hay que estar a los hechos, al argumento. Contrarresta con solvencia la etiqueta de mal instructor -así lo hizo en el Foro Premium del Atlántico, que este Grupo ofreció ayer-, defendiendo hechos, actuaciones y razones con la fortaleza que otorga haber ido contracorriente a sabiendas de que tarde o temprano la fuerza del agua -la del sistema con mayúsculas- impondría su ley. Tan innecesario como impropio es beatificarlo como demonizarlo.

No es saludable sumarse al ejército de admiradores, tampoco a su legión de perseguidores. Basta con asomarse a su trayectoria. Es suficiente el ejercicio de reconstruir el recorrido que ha hecho para, a partir de ahí, valorarlo como se hace con la obra de cualquier intelectual, sin dejarnos contaminar por simpatías o antipatías preconcebidas. Con todo, es tentador ponerse del lado de Garzón y no junto a sus contrarios, parece razonable sentirse más identificado con las lágrimas de Saramago que con el champán con el que brindaron los perseguidores del juez.

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