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domingo cristiano

Las cenizas de los muertos – por Carmelo Pérez

Por Carmelo Pérez (@karmelojph)

Hay gente que continúa empeñada en seguir hablando de qué hacer con las cenizas de los muertos, y de si esparcirlas al viento es pecado, y de si se les va a negar el funeral… Unos y otros, casi todos hemos contribuido a trivializar uno de esos pocos temas que nos ayudan a respirar a todo pulmón. Una cuestión que era catequética se ha recibido como si fuera meramente disciplinaria.

Y no iba de eso la cosa. En la Instrucción que publicó el Vaticano acerca de la sepultura de los difuntos y la conservación de las cenizas lo que se viene a decir es, básicamente, que la vida es bella. Que, a pesar de los pesares, vivir es lo mejor que te ha pasado. Y que tanta vida no acaba con la muerte, sino que se prolonga en un abrazo eterno con el Dios que te ha llamado a la existencia.

Por eso la Iglesia trata con respeto los restos del que ya habita en la vida otra, ya sea su cadáver o sus cenizas. Porque no son abono, ni adornos del hogar; porque nuestro destino no es surfear en el viento o ser acunados por las olas del mar o servir de abono al árbol más hermoso. Somos una sola cosa, ¡y mira que le costó a Israel mantener y transmitir la fe en la unidad del ser humano!

Nuestro cuerpo y nuestra alma son uno, distinto y lo mismo. Un misterio, porque finalmente eso somos. Un misterio que no puede quedar reducido a una explicación biológica o al derrape filosófico-religioso de un iluminado.

Y porque somos una cosa sola, la Iglesia pide conservar los despojos de un ser humano con dignidad y cariño, en un lugar adecuado que nos recuerde que valió la pena su vida, que volveremos a verlo, que su destino es Dios, y que no necesitamos flirtear con la reencarnación ni con el panteísmo para asumir su muerte.

Los restos de un hermano, su cadáver o sus cenizas, le permiten seguir hablando: nos llaman a la oración por su futuro y por el día después de todos los muertos. Y nos invitan a pensar serenamente en nuestra vida, con la esperanza que da saber que lo que enterramos con apariencia de debilidad será rescatado del silencio y del vacío por las manos de Dios mismo.

Están cerca dos días emocionantes: Todos los Santos y los Fieles Difuntos. Ambas celebraciones dan gracias a Dios por la vida de tantos y nos apremian a tomar en serio nuestros pasos. Los cristianos visitamos los cementerios con la certeza de que no paseamos por la ciudad de los eternamente muertos, sino que abordamos de frente la cuestión central de nuestra vida: un día yo también veré a Dios cara a cara, con estos ojos míos lo veré.

No vale la pena hacer del tema de las cenizas el escándalo del año. Es mejor aprovechar la ocasión para abrazarnos, para dar gracias a Dios por esta carne regalada, que sustenta al único ser capaz de buscar a Dios y dejarse adoptar por él.

Por cierto, que he leído en Facebook una gran verdad: “Celebrar Halloween en España en como si en Wisconsin bajasen de romería por el Misisipi al Cristo de los Faroles! Ahí lo dejo.

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