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Maccanti

Decía el mejor poeta canario de todos los tiempos, Arturo Maccanti, que yo hacía una hermosa prosa poética.

Decía el mejor poeta canario de todos los tiempos, Arturo Maccanti, que yo hacía una hermosa prosa poética. Reconozco que cuando me pongo dulzón, la bordo, pero yo creo que Arturo exageraba, porque era mi amigo. Sostenía Maccanti, refiriéndose a las mujeres, que siempre había que tener tres o cuatro calderitos al fuego. Él era un seductor, que para sobrevivir tuvo que ejercer de abogado en el Puerto de la Cruz y de guía turístico. Y se cabreaba mucho con las campanas de la Concepción lagunera, porque no lo dejaban descansar.

Casi nadie se portó bien con Arturo, cuando más lo necesitaba, sobre todo el oficialismo, que ni lo nombró profesor emérito, ni le concedió la gracia de que enseñara poesía a los estudiantes, aunque la poesía no se aprende sino que se vive, como el entusiasmo o la buenaventura. Esta noche me he acordado mucho de Arturo Maccanti, aquel que dijo, cuando construyeron la autopista del Norte, que su Tacoronte se había quedado en la cuneta. Y tenía razón. Se descojonaba Arturo cuando yo contaba la mentira de que el conocido Foronda, ejerciendo de capuchino descalzo y durante una procesión lagunera, había metido el dedo gordo del pie en el raíl del tranvía, se le hinchó y tuvo que caminar, de capirote y con redoma, hasta Tacoronte, que es donde fenecía la vía, para sacar el dátil del raíl. Echamos muy buenos ratos con Arturo, Juan-Manuel García Ramos, Aurelio González y otros, incluso en El Pole de los bistecs empanados, un santuario gastronómico del pueblo en el que vivió, antes de recalar en La Laguna. En Tacoronte, las camelias, que no desprenden olor, marcan todos los caminos. Y los barrancos arañan el paisaje, dejando que las cañas no permitan ver los manantiales. Me entristeció mucho la marcha de Arturo, mi amigo el poeta de los calderitos al fuego.

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