Algunos amigos me insisten en que por qué no escribo mis memorias. En realidad, ya casi están escritas, se encuentran en las hemerotecas y en algunos de la treintena de libros publicados, ninguno de los cuales duran mucho en las librerías: tengo la suerte de que se agotan enseguida. El último, Todos los magos son del Barça, en su segunda edición, lo tendrán ustedes en los kioscos muy pronto gracias, según creo, a DIARIO DE AVISOS. Mi vida literaria ha estado ligada, naturalmente, a los periódicos, pero también a Litografía Romero, en donde he tenido dos incondicionales: Manolo Fernández del Pino, que es un directivo de infinita valía, y un amigo, y Nazario Hernández, que sabe vender, promocionar y prestigiar a su empresa. Fíjense si hace años que conozco a Manolo que nuestro encuentro primero se remonta a 1971: yo estaba de sorchi en el cuartel, encargado de la edición de la revista Atlántida, a las órdenes de mi buen amigo el hoy coronel, retirado, Carlos Ramos Aspiroz, que perteneció al CESID y rindió importantes servicios a España que él no cuenta pero yo un día sí.
Carlos Ramos es otro amigo y yo le chorizaba su coche para ir a dormir a casa, desde Hoya Fría, me ponía su gorra de tres estrellas y me saludaban los sargentos del cuerpo de guardia. Menos mal que no me daban novedades, porque se hubieran dado cuenta. Tengo una tercera amiga en Romero, Mercedes, que ha cuidado todos mis libros, alguno de los cuales fueron diseñados por Jaime H. Vera, querido profesor. ¿Más memorias? A lo mejor cabe otro tomo que añada cosas a lo ya escrito. Me lo voy a pensar. Y es que ahora, con las entrevistas que estoy haciendo a mis queridos enemigos, empiezan a salir viejos recuerdos que parece que interesan a los lectores. A la vejez, viruelas.
