Cada año, el último sábado de octubre, tenemos que afrontar un cambio de horario que nos genera diferentes dificultades ya que implica retrasar la hora solar. Dicha hora solar está directamente relacionada con nuestros propios biorritmos.
Según se nos plantea, esta anomalía que sufrimos durante unos meses responde a criterios económicos de los años setenta y que en la actualidad supone compararnos en horas de sol con otros miembros de la comunidad europea, como Finlandia o Dinamarca, por ejemplo. Esto nos lleva a que durante unos meses, de otoño a primavera, suframos un horario que implica restarle posibilidades de bienestar a nuestras horas diarias. La lógica de todo esto, que tendría que ser el criterio a exportar, implicaría que nuestra situación geográfica nos permite potenciar más horas de sol que, como sabemos, incide sobre el bienestar, la salud y la felicidad de las personas, sobre todo en horas de tarde ya que, normalmente, son las que dedicamos en mayor porcentaje al ocio y al esparcimiento. Por cierto, es la misma receta que buscan nuestros visitantes y que mueve la principal industria de nuestra economía: el turismo.
Llegados a este punto te estarás preguntando de qué forma afecta este cambio de hora en nuestro día a día. En cierto nivel supone el asumir pequeños cambios y alteraciones biológicas que no llegan a incidir de manera importante en las estadísticas sanitarias pero si trastocan el devenir de nuestro día a día.
Los diferentes estudios realizados a cerca del cambio horario así como los diferentes efectos que provoca en cada uno de nosotros y nosotras indican que éstos afectan con mayor incidencia a los tres días posteriores a dicho cambio. Se han encontrado resultados curiosos, como por ejemplo el aumento del número de infartos de miocardio, con una mayor incidencia en el cambio de horario de primavera. Incluso se ha observado un aumento del número de accidentes de tráfico en los tres días subsiguientes al cambio de horario de otoño.
En principio nos encontramos con que esos cambios afectan negativamente tanto a los adultos como a los más pequeños. Concretamente, en otoño, al potenciarse las horas de oscuridad aumenta la somnolencia, repercutiendo sobre nuestro estado emocional y aumentando así la posibilidad de experimentar estados de tristeza. Esto influye sobre nuestro ánimo, siendo ésta la causa de la mayor cantidad de quejas que presentan las personas.
Los efectos que nos encontramos son variados: desde problemas más cognitivos y mentales vinculados a esos estados de somnolencia hasta dificultades de atención y concentración. Además nos encontramos, en algunos casos, con problemas de memoria e irritabilidad debido a las horas de sueño acumuladas por ese desajuste que provoca este cambio.
Como ves, todo ello afecta de manera directa produciendo un aumento de fatiga corporal, lo que directamente está relacionado con problemas de productividad y rendimiento.
Si a todas estas pequeñas dificultades de adaptabilidad se le puede sumar los problemas de estado de ánimo, dado que te sientes más decaído e, incluso, hasta un poquito más agresivo. Y todo ello, se dice, en pos del ahorro económico que no pasa de unos cien euros anuales por familia, en contraposición con el gasto extra que acarrea en otros campos.
Parece que todo esto sucede como si vivificásemos una situación de jet lag, desajustando nuestro reloj biológico encargado de marcar nuestras pautas de actividad y descanso, afectando además, en algunos casos, a nuestro sistema hormonal.
Otro de los aspectos a destacar es que, para paliar estos efectos, sería interesante no abusar de la siesta, así como del café y el alcohol, ya que debemos potenciar que nuestra capacidad de sueño no se vea alterada.
*Psicólogo y miembro de la Sociedad Española de Psicología Positiva
@jriveroperez
