por quÉ no me callo

Noventa años y Guatiza en el alma

Me quiero confesar”, dijo ayer acabante de asomarse a los 90 años. García Márquez tiene una frase que me recordaba un amigo días atrás a propósito de los vaivenes aciagos de la vida, las vueltas que da el destino sobre nuestra cabeza sin dejarnos parar de pensar en el miedo que antecede al borde de las desgracias: “¡Qué fácil es recordar para quien tiene memoria y qué difícil es olvidar para quien tiene sentimientos”

Me quiero confesar”, dijo ayer acabante de asomarse a los 90 años. García Márquez tiene una frase que me recordaba un amigo días atrás a propósito de los vaivenes aciagos de la vida, las vueltas que da el destino sobre nuestra cabeza sin dejarnos parar de pensar en el miedo que antecede al borde de las desgracias: “¡Qué fácil es recordar para quien tiene memoria y qué difícil es olvidar para quien tiene sentimientos”. A los 90 años, los males más naturales son los del alzhéimer -que no es el caso-, la enfermedad del olvido que vacuna de remordimientos y endriagos en los varales de esa edad, pero también empuja por abismos que dan término a la vida en condiciones indignas. Con los 90 recién estrenados, pidió confesarse y tuvo buen tino, mencionó recuerdos que enturbian su balance personal, restos de una vida larga que no se borran y que lo condenan al espejo de su conciencia. Una persona anciana postrada en la cama, tras desvanecerse, regresa sin lucidez a las preguntas del médico, sin saber qué responder, porque piensa que el final te sorprende de esa manera intempestiva,tirándote por la borda una mañana de lunes cualquiera, sin los hijos ni los nietos, ni nadie cercano al lado que te despida o retenga. Pidió confesarse. Y lo hizo, dijo de lo que se arrepentía y quiso llorar, sin fuerzas, volvió en sí cancaneando tras perder el conocimiento. “No temo morir”, esparció por la habitación, y dijo por qué, “porque es tiempo cumplido”. ¿Es acaso eso el fin? Fue recuperándose del descarrilamiento, como si los vagones volvieran a su sitio. Noventa años después de haber nacido se despidió de su pueblo. Dijo, “quiero despedirme de Guatiza”. Volvió a emocionarse, otra vez quiso llorar como si lo hubiera olvidado del todo, con esas lágrimas secas que enrojecen la nariz. En tales circunstancias, el que habla lo hace entre largas pausas, como alguien solo que se guía a ciegas. Él, que únicamente ve por un ojo, apenas lo abría. El que escucha aguarda en silencio lo que tenga que decir, lo anima y comprende. “Quiero decirlo otra vez, me arrepiento de las cosas que estuvieron mal hechas, me arrepiento de verdad.” Y eres tú, a su lado, quien también se arrepiente de otras que no hiciste a su debido tiempo. Porque esta es la pobre conclusión de lo que somos, casi inadvertidamente, errores y aciertos de un triste crucigrama. Te hubiera gustado haber hecho esto o aquello cuando ya es tarde para hacer o deshacer nada, y tu padre te cuenta entrecortadamente que cree que se está muriendo, y no es verdad. Ayer no, por suerte.

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