En cierta ocasión, pregunté a un piloto qué hace si se le para un motor en pleno vuelo. “Sigo volando con el otro”. “¿Y si el otro también se te rompe?”. “En ese caso –respondió-, sigo el protocolo”. Es probable que lo que le pueda pasar a un piloto en vuelo le haya sucedido a alguien ya. Y si le sucedió, seguro que puso por escrito el procedimiento a seguir para solucionar la eventualidad. Por eso soy un enamorado de los protocolos: solucionan problemas.
Aunque no te des cuenta del todo, tú también sigues protocolos. Entiendo por tal una secuencia de pasos ordenados para conseguir un objetivo. Sinos saltamos algún paso o los hacemos desordenadamente, no se garantiza el éxito de la fórmula. Por eso es preciso echar un vistazo lo que técnicamente se llama “checkinglist” o lista de revisión a fin de comprobar que estamos ejecutando bien el procedimiento.
Toda sesión de coaching ha de culminar con un plan de acción que lleve a una conducta diferente. En cierto modo, el cliente diseña conmigo como testigo su propio protocolo para conseguir algo. Este protocolo puede ser efímero si lo usa sólo una vez o convertirse en una nueva pauta que quede implantada en su modus operandi cotidiano.
En todas las profesiones,las tareas más importantes están ya protocolizadas. En las sanitarias, por ejemplo, esas acciones pautadas pueden llegar a salvarnos la vida. Creo que parte de la incertidumbre que hemos vivido en la política en este último año se ha debido al desafío que la situación ha supuesto para los protocolos que habíamos aplicado hasta el momento. Pero esa incertidumbre no tiene por qué ser un drama: es, sencillamente, la invitación a diseñar un protocolo nuevo o a actualizar el que ya tenemos.
Lo demás es inflexibilidad, y eso puede tener consecuencias bastante indeseables.
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