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el charco hondo

Adiós, camarada

Jamás olvidaré nuestra última conversación, envejeceré sin perder el rastro a lo que allí se dijo. Fue hace unas semanas

Jamás olvidaré nuestra última conversación, envejeceré sin perder el rastro a lo que allí se dijo. Fue hace unas semanas. La entereza, valentía y dignidad que mostró Juan Carlos las guardaré siempre en el cajón de las lecciones imprescindibles, en esa habitación donde la memoria almacena los recuerdos necesarios. No contaré qué día fue. Tampoco diré a quiénes o por qué nos reunió allí, o cómo lo escuchamos atentamente antes de quedarnos él y yo a solas con su enfermedad, él vencido pero no rendido, hablándole a la muerte sin bajar la voz, con respeto pero sin miedo. Claro que para comprender esa última conversación es necesario abandonar el final para recuperar el principio. Conocí a Juan Carlos Alemán hace veinticinco años. Sin desatender la línea que debe separar a políticos y periodistas dibujamos un checkpoint de llamadas, cafés y mensajes para intercambiar análisis, percepciones o datos de interés: piezas de un puzle que (ahora lo sabemos, camarada) no se podía completar. Años más tarde, conmigo al otro lado de la red, hicimos algo que no se nos daba mal: tender puentes. Somos, sin excepciones, un cóctel de sombras, virtudes, errores, aciertos, defectos y luces, pero Juan Carlos jamás me hizo trampas, siempre jugó limpio y su lealtad fue tan sólida como una complicidad que con los años nos convirtió en muy buenos amigos. No contaré muchos episodios que compartimos, ni cómo los impulsamos desde ese bendito ángulo muerto que permite huir de protagonismos. Tampoco diré qué puentes construimos o quiénes los cruzaron. No se nos daba mal, camarada. Militamos en el diálogo, de ahí que nos resulte tan incomprensible el sectarismo o las vendettas. Han sido muchos años de llamadas, respeto, cafés, amistad y mensajes. Ha muerto Juan Carlos Alemán. Voy a echarte de menos, camarada.

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