Yo tenía 16 años y llevaba el uniforme de la OJE, que era una Falange descafeinada del tardofranquismo. La verdad es que lo pasé bien en aquella organización juvenil. Y fui seleccionado para hacer un curso de baloncesto en la Universidad Laboral de Asturias, en Gijón, que llevaba el nombre de José Antonio Girón de Velasco, a la sazón ministro de Franco, que fue quien la mandó a construir. Hoy alberga facultades universitarias; la visité a finales del año pasado y me trajo a la memoria recuerdos muy gratos. La iglesia la han convertido estos ateos de hoy en sala de exposiciones, pero el centro, imponente, conserva su belleza intacta, tras años de abandono, me cuentan. Viajamos hasta Cádiz en el Ciudad de Sevilla. Un amigo de mi padre era el administrador de Correos del barco, así que me dieron un camarote y navegué como un rey, mientras los demás se pudrían en el entrepuente. Cuando llegamos a Cádiz nos metimos en un tren correo lleno de soldados, de putas y de algún guardia civil de los de capa y naranjero, un par de parejas que vigilaban al personal. Entre esta variopinta tropa observé a una
preciosa muchacha que cobraba diez pesetas por servicio; y me da que se pasó por la entrepierna a mediotren.
Esa chica, joven y hermosa, me inspiró un lírico -no hay nada más lírico que el puterío- relato en mi cuaderno de viaje que 53 años después ha aparecido entre las cosas que no he tirado, ni pienso tirar. Desde esa época, y desde mucho tiempo antes, había nacido mi vena de periodista. Llegué a Gijón reventado, me pasé 24 horas durmiendo, pero tuve tiempo antes de poner en orden aquel relato del caos del tren correo, que paraba en todas las estaciones del recorrido. Un día lo voy a publicar.
