Cuando le animo a que me dibuje algo, se hace de rogar. Mi hijo nació con un don plástico innato, que ya hubiera querido para mí cuando pronto hice trazos y caricaturas. Paco Martínez, que acuñó un estilo original de ironizar la figura humana con soluciones geométricas y prótesis ocurrentes, me cautivaba en aquella afición que compartíamos en los años de oro del género, 60 y 70. Ángel Benza, mi hijo, ignora esa vocación frustrada de su padre, incluso es ajeno al derroche creativo con que me abruma, a menudo, de noche, cuando vuelvo a casa tarde y duerme y me dejó sobre la mesa dibujos geniales para que le compre juguetes. Los guardo y reproduzco en las redes con su consentimiento, pero él le resta importancia: son paisajes, montañas, mares, figuras, historias de héroes, o escenas de la casa, galerías de iconos que crea o recuerda de la tele, y, de cuando en cuando, me dibuja a mí sentado tecleando el ordenador, o primeros planos con los cuatro pelos que me quedan y algunas veces estamos juntos los dos con Spiderman, Iron Man, o cualquier otro vengador. Hay una caricatura muy lograda del padre, con expresiva sencillez de artista hecho. Emilio Machado le sigue los pasos. El talento de la mano existe; es posible que se nazca con él. Una vez, Paco Martínez me enseñó en su casa el célebre collage de Brigitte Bardot que hizo con labios carmesíes de revista y melena dorada de botella de coñac terry y que le valió el premio mundial de caricatura en Montreal (Canadá), la meca del humor gráfico, que es un arte con cuatro siglos de historia. Era un artesano del retrato histriónico; él, Juan Galarza y Harry Beuster -y, menos prolífico, Clavijo- crearon escuela en las páginas de El Día. No recuerdo cómo fue, pero yo conecté con ellos cuando eran célebres viñetistas de la prensa local, antes de que Forges, El Roto, Peridis o Gallego & Rey fueran las estrellas actuales del periodismo gráfico. La caricatura política, de origen francés -si no me corrige Manuel Darias-, es hoy todo un subgénero ilustrativo de primer orden en la descripción de los hechos sociales que definimos como actualidad. El dibujante argentino Sciammarella, a mi juicio, es un buen ejemplo de ello en sus escorzos y endriagos de El País, que a veces sospecho en los apuntes del niño que me regala o me vende dibujos de noche sin conciencia de lo que hace. ¡Qué va a saber mi hijo de toda esta controversia que sostengo a solas sobre las desproporciones del rostro humano? Dibujé a Saramago de memoria y creo que atiné, como nunca, pero mi hijo a los 6 años me da un baño.
Caricaturas sin edad para ser arte
Cuando le animo a que me dibuje algo, se hace de rogar. Mi hijo nació con un don plástico innato, que ya hubiera querido para mí cuando pronto hice trazos y caricaturas
