
Payasos sin fronteras presentó un espectáculo hace algunos días en Estados Unidos. Entre el público, una chica miraba con expectación cada morisqueta que los clowns, reunidos en el Banco de Nueva York, regalaban a los transeúntes. Al acabar la pieza se acercó a uno de los artistas para contarle que estuvo presente en la primera actuación en un conflicto del payaso Tortell Poltrona, fundador y director de la ONG, en 1993. Ella formaba parte de un grupo de refugiados de la guerra de Bosnia. “Todos los chicos que estábamos allí nos acordaremos siempre de él”, dijo llena de agradecimiento. En un viaje a Sri Lanka, después de un terrible tsunami, Payasos sin fronteras tuvo la difícil labor de inaugurar una escuela en la que quedaron vivos solo 800 alumnos de los 1.500 que empezaron el curso. Al finalizar la actuación, el director del centro se reunió con los artistas. “Nos han traído muchas cosas, libros, ropa, ordenadores, pero nadie nos había traído la vida. Ahora podemos hablar de futuro cuando antes solo podíamos hablar de pasado”.
Poltrona tiene muchas historias como estas guardadas en su memoria. Detrás del payaso está Jaume Mateu, un catalán que estudió sociología y economía y que debutó sobre los escenarios en 1974 como cantante cómico en la Gran Orquesta de Veracruz. Hoy valora también todo lo que significa ser payaso. “Somos comunicadores de emociones”, intenta definir. Con todo lo que eso incluye.
El artista, de los más reconocidos en España, llega a la Isla un año más para formar parte del Festival Internacional Clownbaret. Ayer se estrenó su documental Tortell Poltrona, sin frontera, y formó parte de la mesa redonda Payaso de circo vs. payaso de teatro. Hoy ofrecerá una función escolar en el Teatro Guimerá a las 10.00 horas. “También daré una charla en la escuela de actores y formaré parte de un cabaret”, completa quien recibió el Premio Nacional de Circo en 2013, creador del Festival de Payasos de Cornellá (de los más importantes de España), del Centre de Recerca de las Arts del Circ, de la compañía catalana Circ Cric, de Payasos sin fronteras, y de la primera convención de payasos españoles. “Me levanto pronto y hago todo lo que pueda. Ya descansaré después, es mi filosofía”.
Precisamente, Payasos sin fronteras es su proyecto de mayor envergadura. “Empezamos porque había una guerra a la que podíamos llegar en coche: la de Bosnia. El primer año hicimos seis expediciones, el segundo año multiplicamos los proyectos”. Ahora son 300 voluntarios en delegaciones de 13 países diferentes. “Cada día se hacen funciones para niños refugiados o que sufren una realidad demasiado dura para un pequeño”, señala. La organización le obliga a dejar su casa dos veces al año. “Estamos entre 15 días y tres semanas en cada país. Esto me obliga a conocer historias muy duras por las que sientes que pierdes la sonrisa. El gran problema lo tenemos al volver, cuando comenzamos a ser conscientes de todo lo que ha sufrido ese público que te ha regalado su atención y su sonrisa. Se dio el caso de unos niños en Bosnia que llevaban un año o dos sin hablar y que gracias a un títere volvieron a articular palabras. Eso lo recuerdas y te emociona”, relata.
El miedo es también un sentimiento que le acompaña en cada una de sus actuaciones en países conflictivos. “Pero este es un estado de ánimo, y se puede vencer. Alguna vez, mientras actuaba, escuchaba las bombas y pensaba en mis hijos, que actúan conmigo. En esos lugares nunca sabes lo que te puede pasar”. Su próximo destino será Pakistán, antes estuvo en Sierra Leona y en Liberia, lidiando con el ébola. “Hacíamos espectáculos para enseñarle a los niños, de una manera divertida, las medidas preventivas para evitar el contagio”, apostilla. Los pequeños le entienden en cualquier idioma. “Es que la risa es un lenguaje universal, aunque debes ser muy respetuoso con las culturas a las que te enfrentas”.
Payasos sin fronteras no solo hace reír a los niños, también a los adultos. “Todos llevamos un niño dentro, y ellos no mienten. Reír nos hace fuertes. Con el tiempo me he dado cuenta de que, precisamente, la risa es un síntoma de nuestro instinto de supervivencia”, concluye. Por eso, Tortell Poltrona organizó la primera convención de payasos de España. Una reunión con más de 100 artistas nacionales “que tienen la suerte de vivir de la mejor profesión del mundo”: el arte del payaso. “Hablamos de varias cosas como, por ejemplo, de declarar la risa patrimonio de la humanidad y de que esta forme parte de los derechos humanos”.
Junto a su nariz de payaso, Poltrona usa el sombrero de mago canario. Le protegen del sol, de la lluvia y del miedo.
