Por mucho que hablen ahora sus simpatizantes, Fidel Castro fue un pirata que libró a su país de las manos de un dictador -Fulgencio Batista- para convertirse en otro. Amasó una inmensa fortuna y ajustició sin piedad a sus enemigos, tanto al final de su revolución como en épocas posteriores. A unos los acusó de antirrevolucionarios y a otros de traficantes de drogas. Es lo más fácil. Fidel mandó al Che a morir a Bolivia y no derramó una lágrima por él; y dejó una Cuba empobrecida, gobernada por una familia de malandros y con un sistema de delatores y una policía política muy bien organizados. Fíjense en Venezuela: la doma de las Fuerzas Armadas fue perpetrada y ejecutada por agentes cubanos. Ningún esfuerzo de la oposición cubana en el exilio resultó eficaz y el régimen se ha mantenido. Aquella frase de los exiliados de “cuando caiga Fidel” se fue al carajo.
Sólo la muerte ha acabado con él, a los 90 años, ya con el poder entregado. Hace años, en la casa de Miami del líder entonces de la oposición en el exilio, Jorge Mas Canosa, Pepe Oneto y yo tuvimos ocasión de enterarnos de cómo actuaban para derrocar a Fidel. No lo consiguieron; ni siquiera el Gobierno americano, con aquel bufo desembarco en Bahía de Cochinos, que fue un desastre. Fidel se mantuvo y mantuvo a los suyos en los puestos claves de una organización piramidal, leninista, que le funcionaba como un reloj. Cuba se empobreció y esto dio origen al ingenio de los cubanos para sobrevivir, disciplina en la que son maestros. No se ilusionen: nada va a cambiar, ni la vieja propiedad va a ser restaurada, ni siquiera se verán alteradas las nuevas relaciones con Estados Unidos. Este régimen es especialista en que todo siga igual. Pero, ojo, del régimen sólo queda Raúl, que tiene más de 80 años. Luego, se verá.
