
*Entrevista de Carmelo Rivero a Fidel Castro, para DIARIO DE AVISOS, publicada en varias entregas entre el 13 y el 16 de noviembre de 2016
Durante estos últimos trece años he buscado sin éxito la libreta que contenía las notas de una conversación con Fidel Castro en La Habana. Estos días, por pura casualidad, apareció entre los escombros de mi despacho.
En abril de 1998, centenario de la guerra de la independencia de Cuba y 37º aniversario del desembarco de Playa Girón (invasión de la isla por parte de más de mil doscientos contrarrevolucionarios promovida por EE.UU, que fracasó en 72 horas con detenciones masivas), subí las escalinatas del Palacio de la Revolución, en La Habana. Era tarde en la noche y nos convocaron a una cita sorpresa con el Comandante, como es norma de la casa en las audiencias con Fidel. Yo estaba al corriente de los obstáculos que suelen presidir las entrevistas personales con el hombre que ganó la revolución en 1959. Tenía noticias de ello por terceras personas y por mí mismo. Fidel, en junio de 1996, durante una escala en Tenerife, me había prometido, en el curso de una cena en el Hotel Gran Bahía del Duque, que me recibiría en La Habana y me concedería una entrevista periodística en exclusiva. Su secretario, Felipe Pérez Roque, que años después, siendo ministro de Relaciones Exteriores, caería en desgracia (la famosa purga de Roque y Carlos Lage, éste último llamado a ser el Suárez de Cuba), fue testigo del compromiso y recibió el encargo del Comandante de atender mi solicitud para programar el encuentro en La Habana, pero nunca respondió a cada fax que le envié ni llamada telefónica que le hice con aquel propósito. Ahora, casualmente, me encontraba en La Habana para asistir en el Teatro Carlos Marx al II Festival Eurotropical, organizado por el incombustible Alberto Segura (Manzana). Asistí también al estreno, en el Cine Charles Chaplin, de Mambí, de los hermanos Ríos. En las mismas fechas, se desplazó a la isla el presidente canario, Manuel Hermoso, la persona que en mi presencia había mediado ante Castro, durante aquella cena, para convencerle de aceptar la entrevista conmigo.
Subí las escalinatas del Palacio de la Revolución. En el frontispicio hay catorce columnas. Aguardamos media hora en una espaciosa sala transformada en un frondoso jardín intensamente iluminado, entre plantas exuberantes de la vegetación tropical de la isla y cuadros de Portocarrero. Me detuve a contemplar el titulado La Habana de noche. Conversamos durante la espera con el ministro de Economía y Planificación, José Luis Rodríguez, que no sé cómo acabó hablándonos de la labor de Liuba María Hevia dentro de la canción campesina. Cuando se abrieron las puertas del hall de las históricas recepciones de Fidel en el palacio y fuimos, uno a uno, saludando al Comandante, me traicionó el subconsciente y, bajando la voz y obligándole a bajar la cabeza, le dije casi al oído de modo insolente:
-“Comandante, usted no tiene palabra”.
En seguida, comprendí el alcance de mi impertinencia. El Comandante endureció el gesto de su rostro y me fusiló con la mirada unos segundos como si no diera crédito a mis palabras, dichas allí, en aquella estancia solemne donde el anfitrión era amo y señor, y yo un intruso. Confieso que me arrepentí en el acto de haber pronunciado aquellas palabras ante un Jefe de Estado en su propia casa, temí que me diera un espantón y me viera obligado a retirarme. Hay numerosos testigos de este episodio -por lo que me ahorro más detalles-. Sin embargo, Fidel sonrío, al fin, levemente, me fijé en su mano, que dejó caer la mía tras el saludo. Tenía las uñas largas y unas pocas manchas cobrizas en el dorso. Parecía recordar. Levantó la cabeza y se quedó con la mirada perdida llevándose la mano a la altura de la cara con el dedo índice en la boca. Un gesto característico de Fidel, que parece extasiado cuando se evade y fija la vista en el infinito. Le vi de nuevo los léntigos seniles en la piel de la mano y las uñas de guitarrista pulidas.
LA ESCALA TINERFEÑA
Volvió a sonreír y estoy seguro de que entonces ya tenía en su memoria reconstruida toda la historia, las escenas de Tenerife, su escala técnica de noche tras arduas negociaciones con el ministro de Exteriores, Abel Matutes, en el primer Gobierno de Aznar, que se resistía a autorizar su aterrizaje en la isla de vuelta de una conferencia sobre asentamientos humanos en Estambul (aún no éramos 7.000 millones), para conocer la patria de sus antepasados maternos; su improvisada rueda de prensa en el hotel, aquel interrogatorio suyo a Hermoso delante de los periodistas sobre la titularidad de las aguas que nos rodean; la escena de la cena en que me dio luz verde a la hipotética entrevista en Cuba, y la excursión al Teide, en la que me recordó: “Entonces, nos vemos en La Habana”, delante de todo el mundo. Me miró de nuevo y me dijo: “Tú y yo tenemos que hablar”, y siguió dando la bienvenida a los demás invitados. Pueden figurarse cómo me quedé.
Fidel Castro es una figura que suscita rechazos y pasiones, alguien de sobra sugerente en el plano periodístico, que cautivó a Oliver Stone, y que ha sufrido el desgaste de casi medio siglo en el poder, hasta 2006, en que renunciara por una intervención intestinal, que no resultó ser cáncer, en manos del médico español García Sabrido. Su aureola de líder de una de las revoluciones más populares y controvertidas de América Latina, junto a la mítica trayectoria del Che Guevara, ha ido languideciendo, primero por las presiones del exilio cubano en Miami y ya por último fruto de la contestación interna y la resonancia exterior de voces como la de la bloggera Yoani Sánchez, residente en la isla. No obstante, queda fuera de toda discusión la talla de este estadista del siglo XX, padrino político del presidente de Venezuela, Hugo Chávez, y personaje irrepetible en el concierto político internacional aun hoy, una vez apartado definitivamente del gobierno. He tenido oportunidad, como digo, de estar cerca del Comandante varias veces. Lo que aquí pretendo es dejar constancia del testimonio (material histórico, en suma) de las opiniones que recogí en mi libreta, cuando tuve, por fin, la oportunidad de hablar cara a cara con él y transcribir las preguntas y respuestas. La libreta permaneció perdida hasta ahora trece años. Confío en que el documento contribuya a dar a conocer mejor al político y al ser humano que se esconde detrás del uniforme verde olivo.
Repasé mentalmente nuestro encuentro en Tenerife, dos años antes. Fidel me había dicho durante la excursión al circo volcánico de Ucanca que allí se sentía “como un descendiente de los guanches”. Sobrecogido por el paisaje, proclamó una repentina conversión: “Dejaré una parte de mi alma flotando en medio de estos volcanes y lloraré al irme, porque me voy más canario a Cuba”. El biólogo Antonio Machado suplió, por fortuna, a tiempo las explicaciones impulsivas del gobernador, Heliodoro Rodríguez, al que traicionaron los nervios y comentó a Fidel, en un evidente lapsus, que Las Cañadas del Teide eran los restos del hundimiento de la Atlántida. Fidel preguntó si había oro en alguna mina del parque nacional, si el volcán podría entrar en erupción por sorpresa y calificó la visita de “viaje interplanetario”. El periodista Lucas Fernández le mostró un billete de mil pesetas con la misma estampa que veían sus ojos. “Quédeselo de recuerdo”, le dijo, y Fidel hizo una broma sobre alguien que llega sin cartera y se marcha con dinero. Hizo el gesto de llevarse la mano al rostro y el dedo índice a la boca en señal de silencio, y depositó la vista en el punto más lejano, el Teide: “Subíamos las montañas por la cresta, no por la base”, comentó recordando la guerrilla en Sierra Maestra. A la salida del paseo ‘lunar’, la excitación seguía presente. El coche oficial del presidente canario chocó con el del gobernador, como si le reprendiera por confundir la génesis volcánica con el mito de Platón. Recorrió Los Cristianos y Playa de las Américas y detuvo el coche para saludar a un conocido admirador de su revolución, José Alayón. Se desplazaba por la isla de incógnito, quiso subir a Vilaflor, el pueblo más próximo al cielo, que estaba a punto de tener un santo, y una vez allí, le confió al alcalde, José Luis Fumero: “Diga usted que el Hermano Pedro ha hecho el milagro de traernos hasta aquí. Porque este viaje ha sido un milagro”. Yo estaba cerca para escuchar lo que hablaban. El alcalde, mientras picaban unos canapés con una copa de vino, le dice:
– Le confieso, Comandante, que llevar nueve años de alcalde cansa.
– No se queje -le contestó sonriendo Fidel-, que yo ya llevo 37 años en esto.
FIDEL Y LA JOVEN PERIODISTA MALOGRADA
La malograda periodista de Radio Club Natalia Cesteros se agachó entre las mesas y se dirigió al Comandante segura de sí misma. La vi poner en marcha el magnetofón sin perder el tiempo y enlazó preguntas y respuestas a modo de test para trazar la personalidad psicológica del personaje. Una pieza periodística envidiable. Cuando se iba en su avión, tras fotografiarse con un grupo de guardias civiles -de verde olivo los guardias y Fidel-, el Comandante le dijo guiñándole un ojo si quería irse con él a Cuba. La joven, bella y eficiente reportera, que un tiempo después fallecería de una enfermedad fulminante, vio cumplido su sueño en la sintonía nacional de la SER cuando se emitió su test al Comandante. Siempre la recuerdo entrevistando a nuestro huésped, siguiendo sus pasos hasta la escalerilla del avión, galanteada por Fidel y feliz portando su entrevista en el magnetofón.
Hermoso, acompañado de su consejero de Economía y Hacienda, José Carlos Francisco; los viceconsejeros Juan Carlos Becerra y Francisco Aznar, y un grupo de empresarios, había recorrido la manzana canaria en el Malecón, dentro de las obras de restauración de La Habana antigua, junto al cronista oficial de la ciudad, Eusebio Leal, e inaugurado una tarja en homenaje a los generales mambises de origen canario que ayudaron a la emancipación de la isla. Era una amplia delegación, con empresarios, políticos y artistas del festival Eurotropical que coincidían en la isla.
Llegado aquel lunes, 20 de abril, la comitiva isleña fue a ver a Fidel, como quien va a ver a un paisano, el hijo de Lina Ruz, descendiente de canarios, y del gallego Ángel Castro. El Comandante, en persona, es solemne y espigado. A un amigo periodista le temblaban las piernas cuando asistió a la rueda informativa del hotel en Tenerife. Personalidades de la alta política suelen destacar, tras conocerle, su capacidad de seducción. Fidel puede llegar a ser simpático, porque le gusta que lo quieran, dice el escritor chileno Jorge Edwards, autor de Persona non grata. Yo lo había comprobado en varias ocasiones antes de ésta. Aquella de la cumbre de países no alineados, en su momento de mayor vitalidad y liderazgo, cuando Raúl me sorprendió infiltrado en el salón del plenario y me confundió con un guerrillero canario independentista (“¿Tú eres del MPAIC de Cubillo? “No”, le respondí, y me dejó permanecer en la zona vedada a los periodistas, mezclado entre Arafat, Robert Mugabe y el anciano Tito, que iba a morir al año siguiente. Raúl era entonces ministro de Defensa y lo acompañaba Carlos Rafael Rodríguez, el influyente político marxista antes de que los dos hermanos lo fueran); la otra en que Fidel nos sorprendió visitándonos de noche para hablar de plátanos, de isleños y de la “sangre canaria” que corría por sus venas; una tercera con motivo de la inauguración de un hotel junto al empresario canario Enrique Martinón; otra a causa de otro hotel; en Tenerife, durante la polémica escala, y ahora, aquí, en su propio campo, él jugando en casa, yo queriendo meterle un gol: reintentar mi aplazada entrevista. En el mismísimo Palacio de la Revolución.
Acababan de visitarlo Ted Turner y Jane Fonda. “Hacen buena pareja”, me dice Fidel. Le comento la mala salud de Turner. Me lo discute. “No creo que tenga ninguna enfermedad”. Insisto -olvido que es alguien acostumbrado a que no le lleven la contraria-, y reitera con vehemencia que “no, no, no creo que esté enfermo”. Lo dejamos ahí. Pasamos a elogiar la figura del magnate, su coraje al impulsar la cadena CNN y el papel planetario que ésta desempeñó durante la Guerra del Golfo. El Comandante parece intrigado sobre el porvenir de los medios de comunicación en la nueva era digital. Me constaba que sentía una gran pasión por los nuevos derroteros de la comunicación y que seguramente la historia dirá de él que fue un estadista con sombras y luces, pero un indiscutible comunicador de masas.
García Márquez sostiene que Fidel es, además, un notable escritor. Y dentro y fuera de Cuba se contaron siempre leyendas de un Fidel lector que devoraba libros. Ahora acababa de hacer otro tanto con el original de una biografía de su familia, próxima a ser editada, de la que me hizo más adelante una larga reseña. Uno de sus sellos característicos es el de tomar la palabra y no soltarla durante horas; lo hace en los mítines y algo menos en las entrevistas periodísticas, pero, si se le interrumpe para que abrevie, estás perdido, no le gustará y no permitirá que lo cortes; por otro lado, es ingenioso y entretiene al interlocutor, acabas dejándote arrullar por su palabra. Saltamos de un tema a otro durante la conversación. El Comandante estaba predispuesto a hacer continuos apartes para responder a mis preguntas, y de cuando en cuando hablaba en voz alta para que todos le escucharan el relato de algún episodio que juzgaba divertido. Me sorprendió que me revelara que se consideraba “amigo” de Clinton, que mantenían un asiduo contacto telefónico y restó gravedad al incidente con la becaria Mónica Lewinsky. Pero, incluso, me sorprendió más la opinión que le merecía John F. Kennedy como presidente del país que promovió el desembarco de Bahía Cochinos, el suceso que desató la crisis de los misiles, que estuvo a punto de provocar la III Guerra Mundial. Poco antes de nuestra visita había estado en Cuba el editor de la revista George, John-John Kennedy (que falleció al año siguiente en un accidente aéreo), hijo del expresidente, para entrevistarse con Fidel. “Le dije que yo tengo un buen concepto de su padre, que me consta que no era un entusiasta de la idea de invadir Cuba, que era un asunto que heredó de la Administración Eisenhower, y que, aun cuando pudo infligirnos mucho daño por aire, rehusó hacerlo”. La historia -mejor la leyenda- especuló siempre hasta la actualidad con la idea de que Fidel estaba detrás del magnicidio del presidente Kennedy como venganza por el asedio que sufría la revolución, pero no ha podido probarse un nexo de esa naturaleza.
En los prolegómenos de la conversación se deslizó el nombre de la República Dominicana, donde él estuvo de joven en una visita tormentosa, y citó la figura del político y escritor Juan Bosch, a quien yo conocí y entrevisté en su día, un intelectual muy respetable y un político que no vio consumado el deseo de ser presidente de su país, pese a haber ganado las elecciones, bajo la sombra del incombustible Balaguer.
LA CONVERSACIÓN CON FIDEL
Mencionó a Bill Gates, para hablar de su fortuna.
-¿Qué tiene usted contra la fortuna de Bill Gates?
“Es una gran metáfora de ese país (EE.UU.), donde un solo hombre acumula tanto dinero, mientras otro pasa hambre bajo un puente”.
-¿Y qué le parece el hombre que gobierna ese país (hablamos de 1998), Bill Clinton?
“(Fidel borra la sonrisa de la respuesta anterior y se pone serio, pero no incómodo: lo que va a decir no deja de ser sorprendente). Ese es un gran tipo. Me cae bien. Ojalá pudiera seguir gobernando en el futuro los EE.UU., de no haber trabas constitucionales, que no acabo de entender. De Al Gore no me fío. Lo conozco poco. Una vez lo saludé y lo noté distante, incluso diría que quiso evitar cruzarse conmigo en el mismo pasillo. No me gustó su actitud. Fui yo el que tomó la iniciativa de saludarlo en la cumbre iberoamericana. He leído sus libros sobre ecología y no conozco más de él. Clinton es una persona muy inteligente”.
-¿Usted cómo era de niño?
“Rebelde. (Cita el libro en ese momento aún inédito sobre su familia). La autora se ha quedado al cargo de dos sobrinas mellizas, porque la hermana falleció. Ojalá gane dinero con esta obra que le ayude a criarlos. Yo soy un descuidado con los derechos de autor. Sacan libros sobre mí y no veo un peso”.
-¿De verdad de ninguno de esos libros escritos sobre usted ha visto un duro (sic)?
“Ni un duro, ni un blando”.
-Entonces, era rebelde…
“Sí, lo era. Pero también era un niño justo, que defendía su dignidad. Hubo un conflicto una vez en el colegio muy serio. Con un inspector de La Salle en La Habana. Yo había tenido algunos problemas, alguna pelea con otro compañero, por cuestiones de honor. El inspector me abofeteó por ese incidente escolar. Yo había sido rápido y le había golpeado en el rostro al otro chico. El inspector volvió a darme con la mano por segunda vez. A la tercera, reaccioné y la cosa empeoró. Yo tenía 10 años, cursaba el quinto grado. Me refugié (no había embajadas, bromea) en la iglesia y me escondí durante la misa hasta que entraron y me sacaron de allí. Esa vez no me dieron las notas. Había blancas, negras y rojas, las peores eran las blancas”.
-¿Qué le dijo su padre? (don Ángel era un rico hacendado).
“Nos fue a recoger a los tres hermanos, a Ramón, el mayor, a Raúl, que era el más chico, y a mí. No volvimos a aquel colegio. Ramón estaba encantado, porque a él ya le entusiasmaban las máquinas de la ganadería. Mi padre nos contó que el inspector le dijo que los tres éramos lo peor, los más ‘bandidos’ del centro. Pero todo había sido una cuestión de honor. Yo había empleado la fuerza en un atropello contra mí. Y quería seguir estudiando. Aquellos días hubo tensión en casa, hasta que, harto por la situación, le dije a mi madre que le dijera a mi padre que o volvía a clase o quemaba la casa. Mi padre había enviado a Ramón a otro colegio y a Raúl a uno cívico-militar, donde, por cierto -a Raúl no le gusta que lo diga- una vez lo cogió en brazos Batista, yo vi esa foto. Pero a mí mi padre no me mandó a ningún colegio. Mis padres eran casi semianalfabetos. Mi madre sí quería que estudiáramos. Quemaría la casa, le dije. Yo estaba dispuesto a abandonar el hogar, por muchas comodidades que allí tuviéramos. La casa se quemó”.
-¿Lo hizo usted?
“No. Fue mi padre -me quedé mirándolo, creyendo que lo decía con ironía-. Mi padre era fumador y un día se quedó dormido. El fuego provocó un drama familiar”.
-¿Qué hicieron con usted?
“Me enviaron, por fin, a un colegio jesuita”.
-Entonces, Raúl quedó fotografiado de niño para la posteridad en brazos del dictador Batista, al que ustedes echaron desde Sierra Maestra.
“Sí, a él no le gusta que se lo recuerde. Pero esa foto existe: general con general”.
-¿Cómo se ha sentido leyendo su propia historia familiar?
“Me he enterado de muchas cosas que desconocía. Ahora sé lo que sufrieron mis padres con lo que hacíamos los hijos. Ellos procuraron que no saliéramos engreídos por una vida demasiado confortable y nos enviaban a zonas menos cómodas para que sintiéramos algunas estreches. Particularmente, me vino bien esa escuela de la vida. Mi padre era un potentado con sensibilidad social, le gustaba dar trabajo a la gente. Yo estaba confiado en que ellos, como trabajaban mucho, no estaban al tanto de mis aventuras políticas. Siempre he sido un aventurero. Al principio, no fue por motivos políticos, sino por el mero placer de la aventura. Me iba de excursión a subir montañas. Soy un buen tirador de fusil con mirilla telescópica. He llegado a dispararle a un plato de perfil a 600 metros. Y no es cuento. Sí, he sido toda la vida un aventurero. A mí me nombraron general explorador antes que general del ejército, porque una vez, durante una de aquellas excursiones, el río creció repentinamente, y yo lo crucé a nado y tendí una cuerda y pudimos pasar todos. Me distinguieron porque decían que había hecho una proeza. Y pienso que lo que hice fue temerario. Porque lo prudente era esperar a que bajara el río y no poner en riesgo todas nuestras vidas”.
-Se cuenta -interviene Martín Rivero- que una vez se tiró a unas aguas plagadas de tiburones y que usted dijo “caimán no come a caimán”. ¿Es cierto el episodio?
“La frase no es mía. Pero sí es cierto que una vez me arrojé a la mar llena de tiburones y dije esa sentencia, en realidad dije ‘tiburón no come a tiburón’. Después se ha descubierto que caimán sí come a caimán y que el tiburón es un animal muy inocente, al que el hombre le puede causar mucho daño”.
-De manera que ha sido conciente al cabo de todos estos años de que sus padres sufrían por usted?
“Sí, sufrían por mis andanzas. Sufrieron lo del Moncada, lo de México, lo de Panamá… Lo del Granma. Pero nunca se metieron. Mi madre no se metió. Sufría…”
HABÍA UN HOMBRE MUY SABIO
-¿Cómo era su familia? ¿Cómo eran sus vidas, la suya y la de sus hermanos, en familia?
“Una familia trabajadora y hacendada. Vivíamos en Birán. Había un hombre muy sabio que hablaba cuatro idiomas y me contaba cosas de Demóstenes (político ateniense del siglo IV a.C. aclamado por Cicerón como “el orador perfecto”). Mi padre, en el primer matrimonio, tuvo tres hijos que ya han muerto. Uno era poeta. Recuerdo los versos que me pasaba; uno sobre una chica a la que le decía: “Zapato, zapato, por la vía eres campeona de la biología”. Eran versos no siempre eróticos. Los viejos, el viejo y la vieja, sufrían mucho por nosotros”.
– Usted hizo Derecho.
“Decían de mí los jesuitas que yo iba para abogado porque era muy rebelde y discutidor. Aunque yo hubiera preferido, en lugar de Derecho, estudiar una carrera científica: Biología, por ejemplo. Campeón de la biología, como dice el verso de mi hermano –sonríe-”.
-La biología cubana -bromeo- alardea de las bondades del PPG (medicamento copyright de Cuba que es un clásico contra la impotencia, antes que el Viagra, y para el corazón).
“Yo tomo PPG desde siempre, pero no solo para lo que todo el mundo piensa, sino para la salud física en general -y trajo a colación el caso de un español que fue padre de más de cien hijos en Cuba-”.
-A usted, decía antes, le gustó siempre disparar…
“Lo que sí es verdad es que empecé a disparar pronto. En casa me inventaba que las aves tiñosas hacían destrozos. Era completamente falso. Y mi padre me dejaba el fusil. Un día conseguí una pistolita y me sentí un vaquero. Era una pistola del 32”.
-La revolución, la guerrilla en Sierra Maestra contra el ejército de Batista entrañaba dificultades. ¿Cómo las sortearon ustedes siendo tan jóvenes?
“Yo me especialicé en estudiar la forma de hacerle la guerra en las montañas a un ejército regular. Lo hice basándome en la importancia de la práctica, no sólo de la teoría”.
-Usted tenía, por tanto, ideas militares muy claras. Se habla mucho de que El Che tenía, por su parte, ideas económicas. ¿Cuáles eran?
“Él defendía el estímulo material, pero ponía el acento, sobre todo, en la necesidad de crear una conciencia”.
-¿La visita de Juan Pablo II a Cuba fue un golpe de efecto de política internacional más que religiosa?
(Fidel no oculta su satisfacción por el éxito de ese viaje que le costó Dios y ayuda, pero, sin responder a la pregunta, prefirió contar algunos chistes sobre el Papa en la isla). “El Papa le dice al chófer que él quería conducir. Hubo un atasco y alguien dijo: “Ahí debe venir Dios, porque el que conduce es el Papa”. También se publicó una caricatura mía fumando un habano sentado en un sillón y el Papa con el báculo en otro sillón al lado”.
-¿Conoce algún chiste sobre usted?
“Los hay, pero no me los cuentan. Sí sé que se han hecho muchos chistes sobre nosotros dos, el Papa y yo”.
– Fue una visita delicada.
“Cuando vi bajar del avión al Papa, con dificultades para mantener la verticalidad, y que aquel hombre pisaba la alfombra dudando, rompí el protocolo y me acerqué a él para evitar una caída desafortunada. Observé que andaba a duras penas y me preocupé. Luego comprobé que le gustaba desplazarse en papamóvil, de pie si había multitudes y si no, sentado. Así que, cuando llegue el momento, me pensaré lo de utilizar un fidelmóvil -encontró graciosa la ocurrencia y se rió de sí mismo-”.
-El mundo estaba pendiente del Papa aquí… ¿Qué aprendió de la estancia de Juan Pablo II en Cuba?
(El Comandante inicia una digresión sobre las ideas del Papa y las suyas acerca de la globalización de la solidaridad y el desbloqueo a Cuba que reclama a EE.UU.) “Que hay que hacer planes a largo plazo, no a corto. Sobre nuestro bloqueo, los cambios que inspira Clinton son importantes, pero hay que esperar a los hechos. De la visita del Papa puedo decir que no fue improvisada en absoluto. Yo había leído mucho sobre él. He seguido de cerca todo sobre la teología de la liberación.
Hemos tenido, efecto, algún conflicto con la Iglesia, pero no fue culpa nuestra.
La visita del Papa demostró que tenemos un pueblo muy educado y respetuoso. Trataron de manipular al Papa. No lo consiguieron”.
-Comandante, le quiero preguntar por su estado de salud. Lo encuentro mejor que la última vez que lo vi. ¿A qué se debe?
“Es por la disciplina. He adelgazado. Hago deporte. Me cuido. No fumo. Bebo una copita de vino en la comida. Tengo un poco alto el colesterol, la tensión bien. Me hice una revisión hace poco. Hay que tener mucha disciplina y suerte para no coger un Alzhéimer o un Parkinson, como el Papa”.
-El presidente canario asegura que usted de cabeza está “espléndido”, dado el tercer grado al que le somete cada vez que se ven. ¿Qué tiene que decir al respecto?
“La ejercito como un músculo. Yo veo que mis colaboradores suelen tener dificultades con los números. A mí, en cambio, siempre me han gustado las cifras”.
(Y acto seguido se ensalzó con el consejero José Carlos Francisco en un pique entre la memoria y la calculadora sobre el número de hectáreas dedicadas a plataneras en las islas. La cuestión canaria se introdujo en la conversación. Le recuerdo las complicaciones de su escala en Tenerife en junio de 1996).
-No lo tuvo fácil.
“Aquel viaje fue importante. Yo quería conocer Canarias, donde tengo una parte de mis raíces por parte de madre. Y volvería en un viaje más intenso. Porque voy a viajar más que el Papa.
El presidente Hermoso peleó aquella vez a nuestro favor. Me quedaron grabadas algunas imágenes. ¡El Teide! ¡Aquel volcán! Y vi cosas del pueblo canario que estaban dichas en aquellos bancales. Conozco la historia de Canarias. Me la leí. Entre los regalos, iba un libro de historia de las islas (Noticias de la Historia General de las Islas Canarias, de Viera y Clavijo). De Canarias vinieron los vegueros, los tabaqueros, trajeron un enorme potencial de trabajo al campo cubano”.
–Comandante, usted es conciente de que en el pueblo cubano hay un sector crítico con la Revolución.
“La gente de Cuba puede querer mejorar. Y es crítica por eso, pero no quiere cambiar de régimen. Que quienes nos cuestionan visiten otros países de América. Vean la miseria. Y entenderán a Cuba”.
-¿Hay corrupción política en Cuba?
“Aquí no hay ministros corruptos, ni se dan comisiones. Podrá haber algún caso excepcional y entre gente no representativa”.
-¿Hay droga?
“Cuba iba camino de ser el Casino de las Vegas de los americanos. De no haberse producido la revolución, la droga se habría apoderado de la isla. La marihuana, por ejemplo, no hay ni que plantarla, sale como la hierba, se da de una manera espontánea. Hubiera sido un enorme peligro”.
(Hablamos de música. De música cubana. A mi lado, escuchando atentamente, intervino Teddy Bautista):
-La música cubana es un filón. He hablado con Gabo (Gabriel García Márquez) y queremos contar con su apoyo.
“Yo me reúno con Abel Prieto, el ministro de Cultura, tres veces en semana para hablar de música y cultura. Hay mucho y muy buenos músicos en Cuba”.
– 18.000 –apunto la cifra que me había dado el viceministro de Cultura, Norberto Curbelo-.
“Sí, 18.000. Es una mina para Cuba”.
– ¿Hacia dónde va el mundo?
“Vamos hacia un Estado mundial. Desde el momento que la informática y la alta tecnología permiten estar en un sitio y otro del planeta a la vez, por ahí va el futuro. Me interesa mucho la alta tecnología de la comunicación, las aportaciones de ese señor Bill Gates, la nueva dimensión de la aldea global y lo que yo llamo el Estado único del mundo”. (Estaba en aquella ocasión feliz por el aumento de la afluencia de turistas a la isla, un negocio del que, en otra visita, le oí comentar que era fruto de su encuentro con el empresario canario radicado en Cuba, Enrique Martinón).
“Él fue el que me abrió los ojos para dotarnos de un modelo mixto de inversión extranjera con la cotitularidad cubana en la puesta en marcha y explotación de hoteles”.
(En abril de 1998 celebraba un dato): “¡El turismo a Cuba ha aumentado un 51 por ciento!”
-De un modo imprevisto, se coló la democracia como tema en la conversación. Le comento que en democracias como la española, los ciudadanos están divididos según el partido al que pertenecen o votan. Fidel esbozó su opinión:
“En países como Cuba y su hemisferio la situación no permite estar divididos, sino unidos; de lo contrario, caen”.
-¿Qué pensó cuando Aznar puso pegas a un viaje del Rey a Cuba con aquella frase: “Irá cuando toque”?
“Eso mejor no meneallo. Tú me quieres tirar de la lengua, pero yo soy de origen gallego y me salgo por la tangente”.
(Al cabo de más de tres horas de encuentro, se le acerca el influyente José Ramón Fernández -Gallego Fernández, gran amigo de los canarios-, alto cargo del Consejo de Estado. Es noche cerrada. Y le recuerda que aún le queda por cumplimentar otro compromiso).
“¡Yo me quedaría con ustedes once horas hablando. A mí me gusta mucho hablar”.
(Se despidió de todos y dijo):
“A este periodista le debía una entrevista, él me hizo saber que no había cumplido mi promesa, y estaba en lo cierto”.
(Se quedó mirándome. Repetí sus palabras dos años antes):
– Usted me dijo: “Nos vemos en La Habana”. Y me he presentado sin su permiso.
“¿Y a quién tiene que pedirle permiso alguien que viene a su propia casa?”
– ¿Entonces?
“Te la has ganado. La tienes ya en el bolsillo”.
(La libreta).
