El tema Trump monopoliza el columnismo periodístico, como un caso clínico de la democracia. Convendría más a psicólogos, psiquiatras y neurocientíficos como asunto de cabecera que demanda con urgencia un diagnóstico, alguna pista que arroje luz fehaciente sobre este fenómeno que nos incomoda. Trump ha roto moldes y da la sensación -lo cual no sé que es más grave- de que pocos se atreven a decir qué ha sucedido. Cuando la opinión pública asiste boquiabierta a una alteración de la normalidad de este calibre y toda la sarta de hermeneutas que nos acribillan a diario dándonos lecciones de lucidez sobre las tendencias macrosociales enmudecen, ¿que es más preocupante: que un outsider echado palante se salga con la suya y asalte los cielos de la Casa Blanca o que los popes del pensamiento ecuménico traguen saliva sin saber a qué atenerse? Trump reparte aulogias de sus barbaridades: no al cambio climático, sí al petróleo, no a los irregulares, sí al proteccionismo, no a China, sí a Putin…, y alardea de bragueta contra la dignidad femenina, pero toda esa distopía que encarna cae bien el espectador de su reality.
Si viviera Gustavo Bueno, al que me afilié desde que pisó la Universidad de La Laguna en la prehistoria de todo esto y nos dio unas conferencias, me juego lo que sea que a estas alturas ya habría dado con la explicación del sicofante Trump, la nueva lumbrera del falsacionismo. Tengo para mí que el éxito de este magnate -o mangante, tanto monta- bebe en el más cutre atavismo de las malas costumbres sociales: la bronca, el escupitajo, la sordidez barriobajera, todo ello elevado al púlpito de una campaña electoral calumniosa en un país noqueado por lo de las torres gemelas y los reveses bélicos en Irak. Cuando el otro día recomendé volver sobre los pasos de Walt Whitman -“Yo sé que buscan ustedes la explicación de este enigma del Nuevo Mundo,/ y que definen a Norteamérica, su atlética Democracia;/ pues bien, yo les envío mis poemas para que ellos vean lo que quieren aprender”, escribió bajo el título A las naciones extranjeras-, quería decir que todo esto es una verdad antigua. Vendrá quien destrumpice este embrujo y rehaga el molde. Pero, entre tanto, el bravucón del tupé de color anteado es un perfecto flashmob, un acto colectivo, en su caso multitudinario, provocado a posta para la pura diversión del respetable, que vota y se equivoca y tiro porque me toca. Y le ha salido redondo, porque el obrero blanco y rural estaba hasta los mismísimos del establishment. Es un presidente instrumental para censurar el sistema desde dentro por uno de sus productos más acabados: millonario por la gracia del capitalismo más vergonzante. Hillary no encajaba en esa revolución hipócrita, tenía pinta de marioneta. Donald Trump vende el perfil del incontrolado, aquel que abrirá el sistema en canal y que salga el sol por Antequera. Retrepado en el sillón, es una vaca con cara de sueño, que tiene poco que ofrecer en la corteza prefrontal, donde reside la creatividad. No esperemos ninguna metáfora en boca de la mejor réplica de Berlusconi, salvo la de llamar a todas las mujeres hurgamanderas. Me he leído multitud de columnas -como esta- que nada contribuyen a cerrar el caso. Escribimos, por desahogo, contra Trump. Una aparición en mitad del bosque. Y sentimos miedo. Es leñador y lleva un hacha en la mano. Sigue de largo, inmutable, hacia donde quiera que vaya, y aunque va en dirección contraria a la nuestra, no podemos quitarnos de la cabeza la imagen que hemos visto cruzar entre el humus y la niebla que borraba sus facciones. ¿Era un hombre o un monstruo? ¿Llevaba un hacha o una escopeta? Tememos por nuestra seguridad. No es broma lo que nos pasa. Por primera vez, y tras muchas desgracias, de ver lo que hemos visto por televisión, con la de crímenes que nos han contado y luego esa crisis que se nos pegó a la espalda como una rata, y el viento que recorre Europa y los designios de aquí y de allá, lo de este hombre al frente de la nave nos inquieta. La cultura mainstream -lo dominante- era lo opuesto a lo underground -lo subterráneo-. Y ahora se dan la mano. Este es uno de esos quebraderos de cabeza que obligan a dar saltos en la historia. Dentro de cuatro años sabremos qué fue de nosotros. Y qué fue de Trump.
