Me llaman a toda leche del periódico para advertirme de que no he enviado mi artículo. Esto es terrible porque significa que anoche, de madrugada, que es cuando lo remito siempre, no encontré un tema interesante sobre el que escribir. Pero esta mañana me ha telefoneado un amigo para advertirme de que el problema que tiene España es la falta de elegancia. “Fíjate en esos nuevos políticos, nacidos en la Universidad, que le han dado la espalda a la estética”, me dice mi amigo, que añade algo muy subjetivo, aunque él haya detectado la halitosis: “Les huele hasta el aliento y eso es falta de cepillo y pasta dental”, me dice. Mi amigo hace una serie de consideraciones hacia los populismos americanos, que dicen que son la antítesis de los nuestros: “¿Te has fijado en la familia de Trump?; es gente elegante, bien plantada, parecen limpios; pero estos de aquí ni siquiera van al dentista, o si acuden a alguno debe ser muy malo, porque su aspecto es deplorable”. Mientras que en la Transición bendita, en aquella izquierda lo que triunfaba era la pana, que aguantaba mucha mierda, aquí priva el anorak con capucha, porque la extrema izquierda, llueva o haga sol, siempre se refugia bajo una capucha, lo cual le da aspecto, más que de recogimiento capuchino, de gente que se quiere esconder, de clandestinidad. Así que vemos en el Congreso un espectáculo atestado de anoraks, tetas dando de mamar, tipos dándose besos en la boca y rastas de diversa condición, que no es que mí me parezca mal, pero ante Europa parecemos Grecia. O parecíamos, porque los griegos ya han acudido al sastre. Supongo que será cuestión de tiempo, digo yo. Y es que la ideología no debería tener que ver con la elegancia ni con las formas.
La elegancia
Mi amigo hace una serie de consideraciones hacia los populismos americanos, que dicen que son la antítesis de los nuestros: “¿Te has fijado en la familia de Trump?; es gente elegante, bien plantada, parecen limpios; pero estos de aquí ni siquiera van al dentista

FOTO: SERGIO MÉNDEZ
