En la serie de entrevistas que estoy publicando aquí los lunes -y que recomiendo a ustedes su lectura-, lo más difícil no es enfrentarme a mis queridos enemigos; lo más complicado es elegir a los personajes. No todos los candidatos a ser entrevistados tienen cosas que decir, aunque los apretujes al máximo. Yo estoy enviando todos los textos a los protagonistas para su revisión. No para quitar ni poner, en lo posible, nada de lo escrito, pero sí para matizarlo. Ahora que me he vuelto bueno no quiero volver a pelearme con mis personajes, porque entonces ya la cosa sería irreparable. Claro, que yo podría decir que para lo que me queda en el convento, me cago dentro; pero eso tampoco sería justo: pasaría a la posteridad como un cagaconventos y no es cuestión. Ya les he hablado aquí de la entrevista como género y de cuáles son mis entrevistadores favoritos. Hay una entrevista magnífica que le hizo García Márquez a Hugo Chávez, cuando este último eran una persona normal, a bordo de un avión, viajando entre La Habana y Caracas, creo recordar. Más que una entrevista era una serie de reflexiones que Chávez hacía al Nobel. Yo, cuando acudí a visitar a Chávez a La Casona, salí gratamente sorprendido de cómo pensaba; y lo dije. En realidad no fue una entrevista en sentido estricto, sino un monólogo del presidente y yo tomaba notas con la mente. Me invitó a quedarme en la residencia presidencial, en un gesto muy amable. Pero servidor no cambiaba el Meliá Caracas por la residencia presidencial. Además, pensé: “Si a éste lo vienen a liquidar, también me dan el matarile a mí por el camino”. Así que me quedé en mi hotel, donde servían unas piñas coladas maravillosas; hasta la paella la hacían bien. Hay muchas maneras de entrevistar a un personaje: o preguntándole, o escuchándolo.
La entrevista
En la serie de entrevistas que estoy publicando aquí los lunes -y que recomiendo a ustedes su lectura-, lo más difícil no es enfrentarme a mis queridos enemigos; lo más complicado es elegir a los personajes
