Confirman en Oxford que se consolida en los análisis políticos el término post-truth. Es, dicen, la palabra del año; post-truth o posverdad para referirnos a circunstancias en las que los hechos objetivos son menos influyentes en la opinión pública que las emociones o las creencias personales, la verdad devaluada, convertida en una moneda sin valor, ideas con trampa, propuestas sin base real que percibimos verdaderas y que algunos actores mantienen hasta el final, galopando sobre argumentos fabricados para la ocasión. No está mal. El enfoque o la descripción atiende a lo que, dando un paso más, algunos observadores catalogan como la sociedad de la posverdad. Certero, pero insuficiente. Incompleto. A los de Oxford se les pasó por alto que su post-truth tiene en Canarias un término más o menos emparentado con la posverdad: el pos-va-a-ser-verdad. Si los ingleses tienen en Steve Tesich al padre del término, en las Islas la paternidad intelectual del pos-va-a-ser-verdad cabe atribuírsela a Asier Antona. Después de quince meses calentando en la banda el presidente del PP sigue con el peto puesto, estirando, haciendo cambios de ritmo junto al juez de línea. A sus ojos la vicepresidencia del Gobierno es ese charco que creemos ver sobre el pavimento cuando pega el sol, una superficie líquida que ni existe ni alcanzamos. A raíz de algunos acuerdos que los días han relevado tan microscópicos como inservibles, estas semanas creyó estar más cerca que nunca. Se le pasó por alto que el PP de allá ha ordenado no molestar al PSOE de acá. Creyó estar más cerca que nunca cuando más lejos estaba. Antona tardó en creérselo. Cuando le aclararon que no puede ser vicepresidente, que la instrucción es firme, exclamó, pos-va-a-ser-verdad, estrenando así la versión local del post-truth británico.
La posverdad local
Confirman en Oxford que se consolida en los análisis políticos el término post-truth
