La historia de Carmina -la profesora jubilada del anuncio del Gordo- es de sobra conocida. Hay otras. Igualmente entrañables. También emocionantes. Cercanas. Inocentes, mucho. Hay otra. Otra que no circula por las redes ni marcará el inicio del atracón navideño. Otra más de por aquí. De andar por casa. O, siendo más precisos, de andar por la Cámara regional. Es el día anterior al fijado para celebrar la comisión para la reforma del sistema electoral canario.
Melisa Rodríguez escucha en la televisión a los portavoces parlamentarios cantando que están abiertos a modificarlo, y que no descartan ponerlo al día para corregir o al menos amortiguar las anomalías que el actual modelo está provocando. Rodríguez no sabe qué día es, parece que la memoria le falla porque olvida que la reforma se juega todos los años por estas fechas, y ni la pedrea. De ahí que su alegría sea inmensa cuando escucha su nombre en los informativos. El entusiasmo de Melisa Rodríguez es tan conmovedor que no hay familiar, camarero, policía local, peluquera, presidente de grupo parlamentario, taxista, vecino, miembro de la comisión para la reforma electoral, pescador, secretario general, párroco, presidenta de la Cámara, electricista o farmacéutico capaz de estropearle el ratito. Todos le siguen la corriente. Nadie se atreve a decirle que no es lo que parece, que nada es real. No hay quien dé el paso. No hay diputado capaz de advertir a Rodríguez de que nadie va a cambiar nada porque así fue en la legislatura anterior, y en la anterior de la anterior de la anterior. Carmina creyó que le había tocado el Gordo. Melisa Rodríguez pensó que alguien quiere reformar algo. Historias entrañables. Cercanas. Emocionantes. Y es que, ya se sabe, más importante que reformar el sistema electoral es compartir la ilusión.
