En los oasis de nuestros días terribles buscamos el arrullo de algún recuerdo grato que nos abstraiga y salve de la hediondez de esta porqueriza de la política en que hay antros que la convierten en muladar como algo inevitable. Le vi los ojos a aquel hombre que tenía una mirada tierna e infantil. Le miré las manos sosegadas de una tristeza casi maternal. Le oí hablar como un monje. Era serenamente libre. Pero había estado veintitrés años en las cárceles de Franco. Me dije, “es como Mandela”. Y no tenía odio como su similar sudafricano. Marcos Ana ha muerto con 96 años, seis más que Fidel, que pidió su libertad a Franco sin éxito. Era un comunista ya fuera del marco del cuadro. Pero Marcos Ana no era un estadista, ni ejercía cuota alguna de poder, ni tenía la más mínima intención de liderar nada, de mandar nada, de ordenar nada a nadie. Era poeta. me recitó los versos que traía en el bolsillo. Utilizaba las palabras más normales del mundo, no era un poeta alambicado, ni de metáfora rebuscadas. Comprendí que venía de ataduras lejanas y que se había desprendido de las cadenas, hasta quedarse desnudo. Ese era su modo de hacer versos. Decidme cómo es un árbol, decía en aquel título de sus memorias. Me contó que durante el cautiverio lo llamaban de cuando en cuando para matarlo. Y que bajaba aquellas escaleras hacia las mazmorras donde le esperaba el verdugo para ejecutar al condenado a muerte. Vio durante años desaparecer a otros en ese hoyo. Una y otra vez vivió la experiencia como una ceremonia macabra que añadía a la vida de preso sin remedio. Contaba los escalones, bajaba como un infeliz, iba despidiéndose mentalmente de los seres queridos, solo, y llegaba al final de la escalera. Lo obligaban a esperar la noticia. Allí quedaba mirando las paredes negras del recinto. Y entonces le decían: “¿Es usted Marcos Ana, condenado a muerte?”. Él respondía que sí, que era él. Me lo contaba a media voz, eran diálogos del infierno. “Pues vuelva a la celda, que hoy no le toca morir”. Y desandaba los escalones, los mismos recuerdos, las mismas despedidas, para reiniciar la cuenta atrás. Cuando quedó en libertad, no quería venganza. Solo quería ser bueno. “Pude haberme convertido en una bestia. Y no quise. Quería amar. Conocer lo bello.” Tenía cuarenta y dos años y no conocía mujer. De Nazin Hikmet llevaba con él estos versos: “Has de saber morir por los hombres y, además, por hombres que quizá nunca viste y, además, sin que nadie te obligue a hacerlo y, además, sabiendo que la cosa más real y bella es vivir”.
Marcos Ana tenía temprana la muerte
En los oasis de nuestros días terribles buscamos el arrullo de algún recuerdo grato que nos abstraiga y salve de la hediondez de esta porqueriza de la política en que hay antros que la convierten en muladar como algo inevitable
