Cada uno de los años que hemos vivido en los últimos treinta en esta tierra han estado asociados a figuras señaladas de la vida política y social. Durante estos decenios de entresiglos que han sido los más determinantes y rabiosos de la historia reciente de Canarias, se hizo célebre la cabellera blanca de Juan Carlos Alemán, el copo de nieve en la caldera parlamentaria de sesiones inolvidables bajo las llamas. Es común ahora oír decir, “ya no quedan oradores de esa cuerda”. Y, entre los supervivientes de aquella conflagración (Europa, el Estatuto, o el REF), resulta que Alemán no era de los longevos, sino el pibe de su generación. Hoy hablan en el periódico del socialista fallecido otros que ya frisan los 80 y los 90. Es así. A Adán Martín, como a Pedro Guerra, se los llevó este mal viento que nos arrebata a Juan Carlos el día de Trump. Alemán se borró con tal motivo. Él, que era un fanático de Nueva York, un masón conversativo que nos contaba la logia y el Empire State en las tertulias de traspatio donde daba gusto escucharle. Era un prescriptor de viajes al mundo, un isleño que asomaba la cabeza en todas partes. Pero la política local era su vicio, siendo más hombre de estafeta, un lagunerocanarión viajado, y tuvo fama en tiempos de maquiavélico, cuando jugaba al diábolo moviendo los hilos en la sombra. Tenía aquello de comunista irredento que le decíamos siempre: el control del partido. Alemán era la pérgola de sus amigos y correligionarios. Subido a su estatura de hombrón tocaba el olifante y todos le querían y respetaban.
Más alto que el Empire State
Cada uno de los años que hemos vivido en los últimos treinta en esta tierra han estado asociados a figuras señaladas de la vida política y social
