reflexiÓn

Me quedé con hambre

Entre todos, tiramos más de mil quinientos millones de toneladas de alimentos en un año

Entre todos, tiramos más de mil quinientos millones de toneladas de alimentos en un año. El titular decía así: “Se desperdicia más comida en el mundo de la que podrían consumir todas las personas hambrientas”. Este dato se dio en un programa de radio que analizaba la problemática en torno a las fechas de caducidad que las empresas están obligadas a señalar en los envases en los que ofrecen a la venta sus productos. Fechas muy cortas, envases muy grandes… Lo cierto es que más de mil quinientos millones de toneladas… Mucho peso, creo yo.

La noticia se desarrollaba con un comentario sobre lo que supondría todo ese peso de alimentos. Es más de lo que toda la humanidad entera necesita durante un año para estar bien alimentada. Esto, dicho así, con la crudeza de los números, despierta interrogantes y arruga la boca del estómago. ¿Cómo puede ser esto posible?

Indago en la red en busca de ampliación de la noticia, porque me parece impresionante el dato. ¿Sólo con los que botamos, porque se nos caduca, o lo que no se vende por estar ya cercana la fecha de caducidad, se podría alimentar toda la humanidad durante un año? O sea, que botamos más de lo que necesitamos. Algo parecido a la caza deportiva en la que se abaten animales que no son utilizados en las necesidades alimenticias de la familia. O sea, matar por matar. Botar porque falta poco para su caducidad. Tirar por tirar, vaya.

Oxfam Intermón señala el libro en el que se publican esos datos. Se titula “Despilfarro”. Su autor, Tristram Stuart, denuncia el despilfarro alimentario que se produce en el mundo. Según él, sólo los 40 millones de toneladas de alimentos despilfarrados en los EEUU cada año podrían alimentar a los 1.000 millones de personas que se van a la cama con hambre cada día.

Ante esta noticia tengo la tentación de la demagogia. Es la tentación fácil. Me asalta, además, la tentación de mirar hacia los culpables de la situación. Me asalta la pregunta por cómo sería posible la solución… Y es el silencio lo que aparece en mi cabeza. A punto de iniciar el ciclo litúrgico de Navidad con el tiempo de Adviento, cuando estamos a punto de que se enciendan las noche en blanco en varios municipios, cuando se vislumbra la mesa de Navidad y los excesos acostumbrados, me quedo en silencio, sin palabras y tentado de apagar el ordenador. Me asusta lo que leo. Me siento culpable…
Me quedé con hambre.

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