Tengo un hijo dibujante, como el director del periódico. Nunca se me había ocurrido decírselo porque él sabe cómo somos los colaboradores a distancia. Tienen un hijo y ya quieren colocarlo. Le dije al director del Miami Herald de los dibujos de mi hijo y le conté las reticencias que tengo de decirle lo propio al director del Diario de Avisos. Le conté la verdad. “Es que el hijo de Carmelo se llama como yo y dibuja también”. ¿Y por qué se llama Ángel?, me preguntó mi amigo del Herald. Me dio pudor, no se lo quise decir. En todo caso, me pidió que le enseñara los dibujos de mi hijo. Pude haber hecho algo tan sencillo como sacarlos del teléfono celular, donde los tengo, pero le di largas. Esta columna es para explicarle a mi director de Tenerife mi mala acción. Pero para contarla debo someterla a una consideración previa. Los periodistas, y sus distintos sucedáneos, los críticos, los escritores, los colaboradores fijos, en general la gente que trabaja con la letra impresa, vivimos pendientes de nosotros mismos. Ese egocentrismo que nos amarga la vida mientras creemos que nos la endulza es la fuente de envidias y de resquemores que nos alejan de los otros y nos hunden en una tremenda hipocresía. No queremos que los otros crezcan, queremos crecer nosotros, y segamos la hierba del césped hasta de las huertas más humildes, para que sobresalgan nuestros árboles, aunque éstos sean esas magarzas desde las que pidió ser colgado (eso decía mi madre) Francisco de Quevedo y Villegas. Esa egolatría del periodismo nos hace vivir de nuestras propias sombras, para ensombrecer, más que para asombrar, a los demás. En esas cavilaciones he andado hasta hoy, cuando ya me he decidido a explicar por qué no le mostré los dibujos de mi hijo y los del hijo de mi director en Canarias al que aspiro que sea mi director en Miami. Es que yo le dije al director de aquí lo mismo que le he dicho al director de allí: que los dibujos son de mi hijo, como son de Ángel los dibujos que me manda Carmelo. Pues no es verdad, y esa es mi vergüenza. Los dibujos de mi hijo realmente son míos, y lamento decir, muy tristemente, que los de Ángel Rivero, ay, son mucho mejores. Por eso no se los he enseñado al hombre de Miami.
Mis dibujos – Por Ángel Arenas
Tengo un hijo dibujante, como el director del periódico. Nunca se me había ocurrido decírselo porque él sabe cómo somos los colaboradores a distancia
