A juicio de Tomás Padrón, la ley del Suelo carece de alma. Sin alma canaria y con corazón de euro, escribió en una carta remitida a la Fundación César Manrique. Sin negarle razones, no es exactamente así. Alma no le falta. Qué va. Habita en el cuerpo de la ley, actúa a través de él. Eso sí, distinta. Diferente. Otra idea. Otra ideología. Otros objetivos. Otros compromisos. Alma le sobra y, sobre todo, la ley está sembrada de padre, hijo y espíritu santo. Otros son los errores. Otras las bocas de agua. Otras las prioridades. En la casilla de salida la ley propone convertir a Canarias en una confederación de ochenta y ocho cantones, tantos como municipios hay en las Islas. Ese ha sido el punto de partida. El modelo que inspiró esta ley es que Canarias no tenga un modelo. Que cada isla o municipio tenga el que le plazca. Mala premisa. O los socialistas imponen un giro nacionalista (esto es el mundo al revés) o las Islas asistirán al nacimiento de una confederación de cantones. Si un órgano pecó de exceso de celo o lentitud -la Cotmac, verbigracia- la solución no es eliminarlo sino revisarlo, garantizando que por encima de las corporaciones insulares y locales siga latiendo un Gobierno con capacidad real para seguir gobernando. Difícilmente se agilizará incrementando el peso de unos ayuntamientos que ni de lejos tienen la maquinaria de la administración autonómica. No es que la ley no tenga alma. Sí la tiene. Refleja otra manera de entender las Islas. Retrata una ideología que se resume en que el modelo de Canarias sean ochenta y ocho modelos. No cabe reproche porque es tan legítimo un discurso como el contrario. Implica abandonar el relato nacionalista, es cierto. Supone regresar a la propuesta municipalista-insularista, de acuerdo. Define una posición, es verdad. Hay otros caminos pero esta ley consagra éste, una confederación de cantones con puertas traseras y un alma (alma, sí) de doble filo.
Ochenta y ocho cantones
A juicio de Tomás Padrón, la ley del Suelo carece de alma. Sin alma canaria y con corazón de euro, escribió en una carta remitida a la Fundación César Manrique
