Fidel tenía un buen lejos. Castro tuvo un mal cerca. Las distancias temporales y geográficas alimentan miradas complacientes. Dulcifican. Simplifican. Hacen que lo reprobable tenga un buen lejos comprensible e incluso atractivo. El icono siempre resultó de fácil digestión. Fidel simbolizó una utopía que murió demasiado joven, bastantes décadas antes de morir Castro. El póster sobrevivió isla afuera al fracaso que aquellos ideales cosecharon isla adentro. Fue tan fácil consumir Fidel desde fuera como frustrante vivirlo desde dentro. Resultó agradecido sumarse a la letra y música que lo envolvieron, al relato que narró al símbolo. Vistió bien sentirse cerca de los cantautores, líderes o escritores que, hipnotizados por la trascendencia del comandante, le prestaron cobertura, complicidades e hilo argumental. Fidel falleció hace muchísimo tiempo. Fue Castro quien gobernó Cuba. Hay luces que hablan de buenas intenciones que en algunos ámbitos pasaron de las ideas a los hechos, sí, pero fueron aplastadas por las botas que calzan los absolutismos de cualquier signo. Solo los cubanos están en condiciones de enjuiciar con autoridad. Entre quienes en la distancia salen en defensa de Fidel, llegando a tachar de reaccionarias las voces que cuestionan la trayectoria de Castro, hay muchos turistas revolucionarios, más consumidores de leyendas que traductores de realidades. Fue razonable identificarse con la resistencia del pequeño frente al grande. Fue tentador simpatizar con quienes plantaron cara a los abusos de los estadounidenses y sus oligarquías latinoamericanas, claro que sí; pero lo que vino después no mereció identificación, simpatías o complacencias, décadas en las que el póster de Fidel tapó las humedades, mentiras y fracasos que Castro tenía en su pared.
El póster en la pared
Fidel tenía un buen lejos. Castro tuvo un mal cerca. Las distancias temporales y geográficas alimentan miradas complacientes
