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Recordando a Lecuona

El mes de noviembre es muy significativo desde el punto de vista climático. Está en el corazón del otoño del hemisferio norte y sirve de referencia de huracanes, de vinos y castañas. También de muertes, desde el principio hasta el final. El día 1 es el de Finados y el día 30 el de san Andrés

El mes de noviembre es muy significativo desde el punto de vista climático. Está en el corazón del otoño del hemisferio norte y sirve de referencia de huracanes, de vinos y castañas. También de muertes, desde el principio hasta el final. El día 1 es el de Finados y el día 30 el de san Andrés. México y Cuba saben bien de lo que hablo. Como Canarias que siempre recuerda algún que otro temporal de aguas como el sucedido en 1968 en el valle de Taoro, donde La Orotava y el Puerto de la Cruz sufrieron las consecuencias tremendas de unas gotas frías que cayeron de madrugada en la cumbre de Izaña, con repetición más suave en 2016. También para evocar personajes relacionados con Cuba y Canarias. Unos nacidos en la recta final del siglo XIX, como Ernesto Lecuona y Tomás Felipe Camacho, y otros como Dulce María Loynaz, al inicio del XX, cuando Cuba ya había dejado de ser provincia ultramarina atlántica de la España finisecular.
Los tres, Lecuona, Camacho y Loynaz, estaban unidos por la CUBANÍA, ese fenómeno relacionado con el nido de los ciclones atlánticos que figuran en los poemas sin nombre que escribiera la joven Loynaz, en su jardín habanero. También por la canariedad que imprime el Atlántico. Ernesto por tener un padre nacido en la capital de Tenerife, al igual que el esposo de la señora Loynaz, Pablo Álvarez de Cañas; y Camacho por venir de la isla de La Palma. El trío disfrutaba de la cultura cubana reflejada en la música, la literatura y la naturaleza. Lecuona tocando el piano desde chico gracias a las lecciones de su hermana Ernestina; Camacho disfrutando de las orquídeas que cultivó en la finca de Soroa, que le dedicó a su hija Pilar. Pablo y Dulce escribiendo a raudales prosa y poesía, respectivamente.

En los años de 1990 conocí en el Puerto de la Cruz a otro cubano especial, el pianista Othoniel Rodriguez, por la presentación que nos hiciera un periodista canario, Agustín González. Ahora somos vecinos y me enseñó a conocer más y mejor la música de Lecuona; siempre me recuerda la fecha de su fallecimiento, 29 de noviembre de 1963, en el hotel Mencey de Santa Cruz. Con el paso de los años me doy cuenta que también Camacho había llegado a la otra orilla del río de la vida en noviembre de 1961 y en la capital tinerfeña. Ambos se habían venido a Canarias después de la revolución castrista de 1959. Pero lo importante fue que Lecuona era el músico preferido por Dulce María Loynaz y por ello Othoniel dedica gran parte de sus conciertos loynazianos a recordarla. En Canarias y en el mundo entero.

El tiempo nos ha dado la razón como bien apuntara otro músico cubano y prieto, Huberal Herrera, que junto con Othoniel adornó de cultura el Puerto de la Cruz, con la música de Lecuona, en la primera década del siglo XXI, a través de la figura de Dulce María Loynaz que trajimos de La Habana y anclamos sobre piedra volcánica en el Parque del Taoro.
Lo cierto es que en todos los noviembres Siboney, La Comparsa, María de la O, Malagueña y las Danzas nos hacen disfrutar de esos dos archipiélagos Cuba y Canarias, que se miran y se contemplan, rodeados del mar Atlántico, recordando a Ernesto Lecuona y a Tomás Felipe Camacho, de la mano de Dulce María Loynaz.
Isidoro Sánchez García.

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