Alguien ha hecho la cuenta y, al parecer, en España quedan unos seiscientos videoclubes abiertos, en pie, resistiendo. A pesar de ser un negocio condenado por el auge de internet u otras opciones, un ejército menguante de románticos se niega a echar el cierre. Son una especie en vías de extinción, una pieza que perdió su sitio en el rompecabezas, una alternativa condenada por los acontecimientos y por una realidad que poco o nada se parece a la que los vio nacer. Ocurre con los videoclubes lo que pasa con el actual pacto de Gobierno. Más pronto que tarde bajarán la verja porque todo ha cambiado; lisa y llanamente, las cosas ya no son como antes. Otros son los hábitos. Otra la demanda. Otras las prioridades. Otras las ofertas. Otras las alternativas. Otra la realidad. Otras las opciones. El entendimiento en Madrid de populares y socialistas es al pacto CC-PSOE lo que las plataformas al videoclub. En ambos casos la aparición de herramientas u opciones diferentes los pone con un pie fuera de la realidad -y, sobre todo, complica muchísimo su viabilidad-.
La nueva política que ha inaugurado el bipartidismo es a la centralidad de Coalición lo que Netflix a los videoclubes. Si en CC cierran los ojos a lo evidente, doblando la esquina descubrirán que ahora son otros los que tienen plan B -e incluso un plan C-. Que setenta y dos horas después del último sábado hayan empezado a flirtear con la idea de cambiar, eliminar o matizar lo acordado respecto a las corporaciones locales -no podrán cumplir- anuncia que en Coalición no aceptan o no han caído en que no solo para los videoclubes las cosas han cambiado porque ya no son como antes. Huele a que este pacto bajará la verja más pronto que tarde porque en el Gobierno no salen del desencuentro y, sobre todo, porque los comités locales de CC no quieren alquilarles la película serie C que les han ofrecido.
