Generosidad, ahora y siempre, es dar con alegría y sin interés alguno, entregar sin esperar, ayudar con desinterés, desprenderse. La generosidad ilumina lo mejor de cada cual, hace que aflore el lado bueno o, en el caso de los socialistas, el lado absurdo. Generosidad es abstenerse para facilitar la investidura de Mariano Rajoy y, realizado el sacrificio, dejar que otros gestionen el día después. Generosidad es tener las llaves de la legislatura y entregarlas sin pedir algo a cambio. La generosidad, en mayúsculas, tiene en las filas socialistas un ejército de mártires parlamentarios, una legión de generosos, un puñado de escaños arrastrados por un torrente de generosidad, por tan sorprendente relato en este inicio de la legislatura. La bondad del PSOE es solo comparable con su miopía y despiste.
Desentenderse de la negociación de los presupuestos generales del Estado es una decisión que los coloca en la línea donde se abrazan los miedos con la estupidez. Asumir el desgaste que supone hacerle al PP el trabajo sucio (abrirles la puerta) para acto seguido ausentarse de la negociación presupuestaria por el qué dirán resulta tan torpe como tácticamente incomprensible. El PSOE comete un error de lo más extravagante cuando renuncia a girar algunas ruedas del presupuesto, a forzar algunas mejoras; básicamente, cuando se permite el lujo de renunciar a la escena. Echarse a un lado es un gol en propia puerta. Si el objetivo es marcar distancias con el PP, lejos de esconderse, los socialistas deben meterse en los fogones presupuestarios. Hacerse los estrechos después de haber hecho presidente a Rajoy es una pose con la que no van a engañar ni a los propios. Convertir tal exhibición de generosidad en la espina dorsal de su relato condena a los socialistas a instalarse en la nada de nada.
