Tempestad sobre Washington es el título que se le dio en España a Advise & Consent, la excelente película de Otto Preminger, rodada en 1962 con un inmejorable reparto, y cuyo guion de Wendell Mayes traduce excelentemente la no menos excelente novela de Allen Drury. Se trata de una película que, a sus indudables valores artísticos y cinematográficos, une el valor añadido de ser un valioso instrumento pedagógico y didáctico que ayuda a comprender cómo funciona el sistema político norteamericano. En este sentido, una de las escenas más reveladoras nos muestra al presidente intentando convencer a un senador de su mismo partido para que vote a favor de una propuesta presidencial. Es una escena inimaginable en España o en cualquier otro sistema parlamentario de división flexible de poderes.
En Estados Unidos los poderes están rígidamente separados, el presidente no puede disolver el Congreso ni adelantar las elecciones y el Congreso no puede derribar al presidente. En otras palabras, no hay investidura, ni confianza ni censura. Y eso significa que no es necesaria la disciplina de voto, que los diputados y senadores pueden votar -y votan- mezclados, y que si el partido de Donald Trump tiene mayoría en ambas Cámaras federales eso no significa lo que un español creería que significa. El futuro presidente se puede encontrar con las mismas resistencias parlamentarias a su política que el presidente de la película. Y, por si fuera poco, los partidos norteamericanos no tienen nada que ver con nuestros partidos presidencialistas y rígidamente centralizados. Son partidos muy poco estructurados, que, en realidad, engloban varios partidos según los Estados, y cuyo presidente apenas cuenta y no coincide con el presidente del Ejecutivo o el candidato electoral.
Otra particularidad política norteamericana es su sistema electoral. Es curioso que nadie haya destacado que Hillary Clinton venció a Donald Trump por más de trescientos mil votos populares, pero que perdió la presidencia al perder en los votos electorales estatales. Lo mismo le ocurrió a Al Gore en 2000. Y que si en Florida y Michigan los votantes del tercer partido -el Partido de la Libertad, de Gary Johnson- hubieran votado demócrata, esos votos también le hubiesen dado la presidencia a Clinton.
En cualquier caso, el Trump presidente no será el Trump candidato. Después de la tempestad viene la calma.
