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The Pierre

Cuando atábamos los perros con longaniza, yo me alojaba en los mejores hoteles del mundo. Y en uno de mis 56 viajes a Nueva York pasé una semana en The Pierre, el hotel favorito de Jacqueline Kennedy. Don Juan de Borbón tenía un apartamento en ese hotel, no sé si alquilado o en propiedad, durante un tiempo. Había un maitre español, llamado Albarracín, que se arrugaba cuando yo le hablaba de la Mafia, que solía reunirse en ese paraíso neoyorquino situado junto a Central Park y que dejaba sustanciosas propinas a los empleados del establecimiento. Tuve suerte en mi única estancia en ese hotel -yo prefería el Plaza-, porque cuando llegué se había averiado el aire acondicionado de mi habitación, era verano y me mudaron a la única disponible: una suite con varios dormitorios y tres o cuatro cuartos de baño. Y allí me quedé los siete días “por consideración del gerente”, según un tarjetón que me pasaron por debajo de la puerta a la mañana siguiente. Me preguntará usted, desocupado lector, si añoro aquella vida. Y yo le diré que no. Aquella vida de trinchera, de viajes, de aparentar más de lo debido y de ganar bastante dinero debía tener un límite y lo tuvo. Hace ocho años que no voy a Nueva York, me alojé en el nuevo Plaza, una maravilla, y quemé mis últimos cartuchos como persona con crédito. Ya no lo tengo, ahora soy más pobre que las ratas. Mi vida viajera se ha terminado; ya no veré las horteras escenas glamurosas de Jacqueline, que creo que formaban un mural en el hotel; tampoco sé lo que habrá sido de Albarracín, ni escucharé al pianista de levita tocando la melodía principal del Fantasma de la Ópera. Ahora estoy instalado en la realidad y sólo escucho música celestial.

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