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Aznar y las Azores

José María Aznar ha culminado su progresivo desencuentro con el partido que condujo desde la insignificancia al Gobierno renunciando a su presidencia de honor

José María Aznar ha culminado su progresivo desencuentro con el partido que condujo desde la insignificancia al Gobierno renunciando a su presidencia de honor. Como suelen hacer los populares, que no necesitan enemigos, se había generado en su seno una absurda polémica sobre la presencia del antiguo líder en el próximo Congreso y su eventual intervención, y Aznar ha preferido terminar de una vez, con el pretexto de la independencia partidista de la Fundación FAES, que preside. Se especula con su retorno a la política al frente de un nuevo partido a la derecha del Partido Popular, aunque es una especulación sin el menor fundamento. Entre otras cosas, porque no hay espacio para un partido así, como demuestra la aventura de Vox. En este país, si te mueres te conviertes en un dechado de perfecciones, pero, como pierdas el poder y sigas vivo, los perros de la ingratitud intentarán morderte: matar al padre y a quien te hizo persona se llama la figura.

La renuncia de Aznar ha dado pie a los radicales para atacarle de nuevo con una saña particular. Y, pese a los años transcurridos, es curiosa la fijación obsesiva que todo el radicalismo mantiene con la segunda guerra de Irak y su representación simbólica en la famosa fotografía de la reunión de las Azores, con Bush, Blair, Durão Barroso y el propio Aznar. Y es curiosa también la enemiga radical a esa guerra, cuyo objetivo declarado era derribar una dictadura y sustituirla por una democracia. Una prueba más de la incompatibilidad entre el radicalismo y la democracia, un radicalismo que considera a las instituciones democráticas no como un fin en sí mismas, sino como instrumentos de usar y tirar.

Sin embargo, por otros motivos a los que esgrime, esta vez el radicalismo tiene razón. Desde Libia hasta Irak, las dictaduras árabes mantenían un orden implacable y un precario equilibrio en unas sociedades desestructuradas e inestables, que eran -y son- un polvorín social, político y religioso; un polvorín que hemos hecho estallar y que ya no podemos controlar. La guerra contra Saddam Husein fue un auténtico disparate que abrió la puerta a los demonios del islamismo radical y del yihadismo. Un disparate de la torpe y suicida política exterior norteamericana, como la actual guerra contra el sirio Bashar al-Ásad. Y un disparate que las sociedades occidentales estamos pagando -y pagaremos- muy duramente. La mala noticia es que lo peor no ha llegado todavía.

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