Addoor Sticky
chasogo

Campos de Ceniza – Por Luis Espinosa

Hace miles de años rugieron las cubiertas de la corteza terrestre en una zona de la isla de Tenerife. El rugido persistió, se apagó, volvió y se marchó, de momento

Hace miles de años rugieron las cubiertas de la corteza terrestre en una zona de la isla de Tenerife. El rugido persistió, se apagó, volvió y se marchó, de momento. Es un lugar que parece estar abrazado por la masa del Pico Viejo, donde varios volcanes se dieron cita para vomitar ingentes cantidades de lava, espesa y ardiente, que convirtieron ese punto en una caldera de humos y nubes de fuego y que mantuvieron su actuación días, meses, años tal vez. Agotados finalmente, en un último momento lanzaron al cielo su postrer desafío en forma de inmensas cantidades de rojas gemas de magma, ligeras y aladas, que se esparcieron como granada lluvia por los campos a sus pies. Fueron miles de millones de minúsculos granos que, al depositarse en el aún chirriante suelo, formaron un gran manto de cenizas, como intentando cubrir las feas heridas que sus vómitos habían provocado en la madre tierra.

En la mente ancestral que une los cerebros de los hombres tiene que haber una porción de neuronas donde se guarden las imágenes de aquellos momentos. Incandescentes ríos de escorias fundidas que corren por lomas y barrancos cerrando y abriendo, al mismo tiempo, cicatrices. Y ante el actual ser humano aparecen aquellas lesiones transformadas en cráteres de redondeadas formas, en rocas y riscos de mil maneras conformados, simulando desde animales del terciario a aves utópicas que poblaron en algún momento los sueños de los primates. Sueños en los que el horror y la grandiosidad del espectáculo terminaban en pesadillas de difícil despertares.

Los milenios han transcurrido. El paisaje se ha transformado. Las imágenes que nuestras retinas contemplan actualmente son, tal vez, de paz. Pero es una paz, un silencio que deprime e incluso asusta en ocasiones. La paz, la ausencia casi total de vegetación, las gigantescas montañas que dominan el paisaje, los colores rojizos, pardos o negros que también parecen mantener una batalla sin fin, las grietas y conos, las estructuras lávicas que se levantan como pidiendo al cielo que cese la hecatombe, dejan el espíritu en horas bajas.

Y en medio de esos campos de ceniza surge el pequeño milagro de las “cuevas negras”. Oquedades de un largo tubo volcánico que desciende de la Montaña de Chio hasta la de Samara y que conforman una serie de grutas donde el agua gotea en minúsculas partículas y donde aparece, verdeante y como dispuesta a todo, alguna pequeña mata de helechos que se prende del techo desafiando la ley de la gravedad. De las bóvedas cuelgan, asimismo, estalactitas del viejo magma que quedó petrificado al contemplar el Sol.
Si entras en ellas, en ellos, pareces deslizarte como gigante anaconda bajo las oscuras arenas del campo lunar. Sí, porque si un ser cualquiera extraño a estas tierras cayera en ellas, sin saber donde se hallaba, aseguraría, al rato, que había aterrizado en la Luna.

Una que otra mata de poleo, los achaparrados codesos que luchan contra el viento reinante y alguna magarza, ahora semisecas, son los únicos y valientes representantes de la flora. La Pared de don Basilio corta el horizonte hasta Montaña Reventada, cuyo cráter abierto al sureste, se contempla desde abajo. La Montaña de la Cruz de Tea queda a la espalda, como Pico Viejo y su adherida Montaña de Chío. Al frente van asomando, primero, la montaña de La Botija, luego la de Samara. Y también aparecen los primeros pinos que, si bien son de repoblación, dan un toque más alegre a las oscuras escorias.

El volcán de Montaña Reventada ha labrado, a partir de un casi circular cráter, una impresionante barranquera que cruza, en áspero silencio, rumbo a los primeros contrafuertes que marcan el viejo pinar de Icod. Aquí y allá, como lanzados a voleo por la mano de una caprichosa ninfa de las cumbres, surgen los desperdigados pinos. Y, mirando para el macizo de Teno, se descubren los altos de Masca, Santiago del Teide, el monte del Agua…, todos ellos cubiertos por tenues velos de nubes que dan al paisaje el aliento vital que parecía faltar en la primera parte del camino. Desde lo alto de la montaña de La Botija se contempla un gran paisaje que puede hipnotizar a los despistados que transiten estos lugares.

Asoma el Teide

TE PUEDE INTERESAR