Me contaron una discusión meritoria entre Fidel Castro y una reportera francesa; detallaron que a cierta hora de la madrugada sonó el teléfono en el hotel: no tiene usted razón, dijo el Presidente; lo he probado y ese queso de Cuba no es más salado que el que usted saborea en Europa. Una de las grandes virtudes de Fidel era la cercanía. Por eso asentó el principio de respeto y de liderazgo que lo distinguieron; y porque demostró no echarse atrás ni para tomar impulso. Me lo confesó cierta vez un ciudadano de la isla: “Si el comandante me pide que meta la cabeza en ese agujero, aunque sea chico, yo la meto”. La razón dialéctica siempre lo acompañó. Fue un clásico, en él vivía el alma más sublime de la Grecia primitiva. Era comunista, pero creía en la polis, en la política. Llevó a Cuba a una dictadura, aclama la derecha, y ante lo ocurrido uno se pregunta qué hubiera acaecido si el vecino de al lado no hubiera sido EE.UU. y Fidel hubiera desarrollado su papel sin interferencias. No es aconsejable, pues, seguir la estancia en este planeta de ese hombre por las actuaciones en un lugar y por los resultados que desde el capitalismo sancionamos. Podemos aceptar como barbaridad (yo el primero; lo he vivido y no hace mucho) que un régimen sitúe a una comunidad entre dos sistemas económicos diferentes, el peso que afecta a la inmensa mayoría de los ciudadanos y el convertible que afecta a unos pocos; que (por ejemplo) un físico nuclear gane un buen sueldo de 800 pesos, incomparable con los 10 euros de propina que yo le dejo a un taxista. Ni es asumible que lo que en ese país ocurre afecte a los connacionales de distinto modo que a los extranjeros, que los dueños de las langostas o la carne de vaca no sean ellos sino los que las pagan. Es incuestionable la razón que compartimos: socialismo es libertad y en Cuba no. Pero de eso no hablamos, hablamos de que Fidel Castro es una de las figuras más importantes del siglo XX y de la historia de los mortales. Hay pocos seres como él capaces de justificar la dignidad (acaso solo figuras como Gandhi); y la libertad, y la consecuencia, y la valentía, y la responsabilidad… Cuba contó después de la Revolución con esos fundamentos y así lo hizo ver con su independencia política, la reforma agraria, la educación, la sanidad, la solidaridad… Por eso cuando este hombre se asomó a estas trincheras desde la palabra, impresiona. Porque, aunque bromeemos con la extensión de sus discursos, siete horas es el récord con personas tiradas por el suelo en la plaza de la Revolución por cansancio, aunque eso ocurra hemos de reconocer una cosa: es uno de los mejores oradores que ha dado la humanidad, de Demóstenes a Cicerón. Ese será su testimonio. Para reconocerlo no estaría por demás recordar el discurso de la ONU del año 1979. Habría de transcribirse esa intervención y estudiarla en las escuelas. Como presidente de los Países no Alineados que fue, Fidel Castro confirmó lo que podría salvarnos en este pútrido mundo. Eso pocos saben hacerlo, pocos lo hacen.
Fidel
Me contaron una discusión meritoria entre Fidel Castro y una reportera francesa; detallaron que a cierta hora de la madrugada sonó el teléfono en el hotel: no tiene usted razón, dijo el Presidente; lo he probado y ese queso de Cuba no es más salado que el que usted saborea en Europ
