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tribuna

La agonía del diálogo y el portazo de Canarias

Hace cuarenta años, España era un país que dialogaba. Y los líderes eran verdaderos portavoces. Suárez, de cerca, era cordial y magnético

Hace cuarenta años, España era un país que dialogaba. Y los líderes eran verdaderos portavoces. Suárez, de cerca, era cordial y magnético. Cuando subí al avión a secuestrarle, en un viaje a Tenerife, para hacerle una entrevista en tiempos de locura periodística que ahora recuerdo con sonrojo, me llevé la sorpresa de aquel hombre que no se resistió a mis ímpetus y, sonriente, me cogió del brazo, comprensivo, y bajamos la escalerilla dialogando para la radio. ¿Por qué Suárez era siempre tan amable? Lo fue muchas veces más conmigo. Lo entrevistaba en un despacho o en la calle, a mitad de camino, mientras el presidente de Venezuela Herrera Campins le amistaba con piropos de la otra orilla y él sonreía, como siempre, oyéndole con los cascos que le poníamos al trote mientras saludaba a la gente. Un político que caminaba y hablaba y sonreía. Los Pactos de la Moncloa eran una prueba de todo ese estilo instintivo. Hace cuarenta años, España era un país que dialogaba. Y la Constitución del 78 es otra perla de ese puente continuo que tendían los partidos como si fuera el hábito de algo elemental: la democracia. Pero hablo de hace cuarenta años.

En los años 90 conocí a Gorbachov, que venía de vuelta de la perestroika, la medalla de la palabra y el diálogo, de la reforma y la transparencia (glasnost), y era todo tan coherente y rutinario en el contexto de países extremos que hablaban el mismo lenguaje de los nuevos ideales. Raisa y él fueron de compras a la calle Real de Arrecife (Lanzarote) y recuerdo que ella se llevó unos pantalones, varios pares de zapatos, prendas íntimas y bombones, pañales y juguetes para los nietos. Iba a morir pronto de leucemia; el marido la sacaba a caminar todas las mañanas por Teguise, y Teresa Cárdenes, Rafa Avero y yo, con otros, los seguíamos al galope. Como a Suárez, me lo gané al paso y me dio la entrevista exclusiva. Le preguntamos Martín y yo: “¿Es consciente de haber cambiado el curso de la historia?” Respondió, lacónico: “Sí”. Le habían dado un golpe de Estado y, aunque salió airoso, la URSS se desintegró. Gorbachov, el Suárez comunista, había tenido un gesto inconmensurable. Era feliz llevando la democracia a su país natal, y creyó, como en España, que se podía hacer sin traumas, movidos por la bonanza de la palabra, del diálogo, de la transparencia. Diríase que su ideal sufrió una avería y el país colapsó. Pero hoy Rusia es de nuevo una potencia y Gorbachov, que aún vive ya octogenario, puede sentir que sembró una semilla que un día dará su fruto. Todavía no del todo. Putin ha hecho presidente a Trump, según la CIA, como dos personajes enigmáticos de una teleserie americana de espías imposibles.

Estamos en el vórtice de un huracán, cuyas consecuencias aún desconocemos. La democracia corre riesgos que no podíamos sospechar hasta el otro día, convencidos de que la América de Walt Whitman era una democracia de sólidos cimientos y de que Europa tenía motivos para sentirse orgullosa sesenta años después de los Tratados de Roma. ¿Qué ha fallado entre tanto y entre nosotros, hasta llegar a este punto peligroso de inflexión? Miramos el ombligo insular y encontramos algunos destellos de los males del mundo.

Hace cuarenta años, en esta tierra empezaba la simiente de la Transición. En una entrevista que el DIARIO ofrecerá por capítulos, Manuel Hermoso se recuerda como un tecnócrata de la generación de los cachorros que querían contribuir al diálogo y la democracia en este país. Se menciona siempre junto a su fiel conmilitón Adán Martín. Eran dos ingenieros industriales que tocaban a las puertas de los partidos para brindarse, con su cohorte de técnicos y profesionales coetáneos, a “hacer algo” para “construir” entre todos un nuevo país. Ahora, esa cultura, me temo, cayó en crisis como la economía en 2008. Una recesión de los ideales de Suárez y Gorbachov que no ha remitido, sino que, antes al contrario, se multiplica con el paso de los días. En Canarias vivimos horas de silencio y desidia. Ni se habla, ni se trabaja por levantar la ingente noción de archipiélago que nos incumbe a todos. Es una crisis comparable a las demás que aquejan a la libertad y la democracia en Europa, Rusia y América. Es la crisis de la obcecación y el egoísmo. De esto hablará Hermoso estos días en estas páginas. El egoísmo que cierra las puertas de las islas entre sí , que suspende el diálogo y rompe los puentes de entendimiento. Somos náufragos en realidad, aquejados de ese mal que se ha ido extendiendo como una mancha de aceite lenta que nos contamina y -pegajosa- nos condena a consentirla. El viejo pleito insular nos desangró cuando éramos víctimas de la negación de la palabra y la libertad. Pero ahora, ¿con qué justificación, ya sin dictadura, hemos vuelto a los orígenes de la discordia secular? Podíamos ser ejemplo de convivencia pacífica bajo un mundo alzado en armas. Pero no.

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