Era un buen hombre D. Crisóstomo. Hijo único, heredero de una pequeña fortuna, soltero y rondando los sesenta años, se pasaba el tiempo echándole miguitas de pan a las palomas, dando largos paseos por la playa o sentándose en el café de la plaza del pueblo a tomarse interminables tazas de algo parecido al café mientras charlaba con el resto de los también asiduos compañeros del chiringuito y de tertulia. Comía en la fonda y se iba a casa a ver televisión. Y así día tras día, hasta que…
Esa mañana de abril celebraban “El Homenaje a los libros” y a nuestro protagonista le dio por pasearse en la avenida contemplando los puestos (una media doce como mucho) donde se amontonaban libros de todo tipo y color. Tal vez imbuido por el ambiente se acerco a una de las casetas, hojeo varios tomos y terminó por comprar uno de un tal Agustín Espinosa (porque el autor sea tío mío no me acusen de nepotismo, fue D. Crisóstomo el que lo eligió), titulado “Crimen”, cosa que le gustó ya que últimamente estaba viendo en su televisor la serie “Castle”.
Al llegar a su casa colocó el libro en una pequeña balda que estaba en su habitación, la cual estaba limpia de polvo y paja. Se acostó y se durmió mirando su nuevo tesoro. Lo malo fue que esa noche penetró en su sangre el virus de la bibliomanía y, tras asearse y vestirse y tomarse un café, salió corriendo a buscar otro libro.
Ahora se le había metido en la cabeza que debería llevar un orden, así que buscó un autor cuyo nombre comenzara por B. No fue fácil y tardo un tiempo en localizarlo pero, al fin, dio con una Antología de Blas de Otero. Respiró aliviado si bien pensó que no sabía muy que era eso de una “antología” y a lo mejor en su casa poseía cuatro o cinco. Pero notó una onda de satisfacción cuando lo colocó al lado de Agustín (el Espinosa, claro).
No insistiremos en la búsqueda que organizó D. Crisóstomo a partir de entonces. Cuando terminó su primer “alfabeto” empezó el segundo. La repisa de su habitación quedó superado y compró unas librerías armables en Ikea, y luego otras y… así sucesivamente, hasta que en un viejo almacén adosado a su domicilio y del que era también dueño, mandó construir unas estanterías que cubrían todo el largo de las paredes.
Poco a poco se fueron llenando, primero con los libros que estaban en su propia casa luego con los que llegaron a continuación. Todo con el consabido orden (¿lo era?) que instauró al principio: La Regenta de “L”eopoldo Alas dormía acurrucada entre Los Lusiadas de “L”uis de Camoes y El que recibe las bofetadas de “L”eonidas Andreiev, así como las Poesías de “R”afael Alberti se apoyaban en el Zadig de ”R”ene Descartes.
Ya, metido en faena, se compró unas gruesas libretas donde iba anotando los nombres del autor (nombres, no apellidos), seguido por el título. Tuvo además la idea de numerar las libretas, 1,2,etc, para relacionarlas con el 1º,2º,etc alfabetos que se cobijaban en los largos maderos que cruzaban el gran depósito.
Terminada su obra, acabada su biblioteca, perfectamente ordenada y clasificada, el primero Agustín Espinosa, abajo, la última, un tanto aburrida, Las lobas de mar de Zoe Valdés, como ya no le quedaba otra cosa que hacer, se murió.
Claro que jamás leyó algo de lo que allí tenía almacenado. Y cuando murió, sus herederos, sobrinos lógicamente, decidieron vender todo aquello a un trapero para intentar luego alquilar o vender el almacén a una gran editorial que lo quería para guardar libros viejos, sin clasificar.
