Como todos los estereotipos, Van der Bellen no ha sido un líder al uso. Su oratoria dista de la de un mitinero, ni siquiera alcanza al cliché mínimo convencional. Es el clásico tostón academicista, de encefalograma plano en la técnica discursiva de un dirigente en la era de la comunicación. Sin las herramientas más elementales para fajarse con hábiles populistas demagogos, el nuevo presidente de Austria se midió de tú a tú con el ultra Norbert Hofer, que las tenía todas consigo. Hofer es cuarentón, un joven cachorro del moderno fascismo en auge en Holanda (Wilders), Francia (Marine Le Pen) o Alemania (Frauke Petry). En esta tríada de países va a haber elecciones sucesivamente y Europa tiembla de pánico por el fantasma bicéfalo de Trump y el brexit. Lo heroico de la gesta del economista e intelectual de 72 años Alexander Van der Bellen es que ha cortado la racha del populismo ascendente. El viejo profesor, nada afín al perfil de un agitador ecologista, acaba de salvar a Europa del bochorno del primer presidente de ultraderecha tras la Segunda Guerra Mundial. En el seno de la UE, escaldados por el fenómeno del millonario de tupé bermejo que desafió las encuestas y arrambló con la dinastía Clinton, se temían lo peor. En mayo, el veterano político socialdemócrata venció por la mínima al emergente Hofer, y ahora, tras el varapalo yanqui a la moral del mundo occidental, todo hacía presumir que el bicho facha se haría dueño y señor de la respetable Austria, producto de un mismo parásito que contagia a las más consolidadas democracias. Pero le ha dado la vuelta al destino, y ha vencido holgadamente -si bien Hofer sigue siendo una clara amenaza, con amplio apoyo popular-. Quién nos iba a decir que en el año más loco que se recuerda -este 2016 que yo llamo 2666, como el de Roberto Bolaño- en unas islitas lejanas de Europa íbamos a celebrar como propia la victoria austríaca contra la ultraderecha rampante que parecía invencible bajo las alas de Trump. Pues eso. Van der Bellen pide que el día que se retire del cargo, dentro de seis años, la gente lo vea pasar por la calle y diga, “ahí va nuestro presidente”, no “el presidente”. No hay que esperar tanto, ya mismo en Canarias, a falta de motivos más próximos, el señor Van der Bellen es también “nuestro presidente”. Tan poco austríacos hemos sido, que esta cabriola de la historia no deja de tener su gracia. La crisis que padecemos aquí a bordo comparte cierta degradación con la que alienta los populismos fantoches y pendencieros de los líderes más vulgares que se recuerda desde el origen de la Constitución.
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Como todos los estereotipos, Van der Bellen no ha sido un líder al uso. Su oratoria dista de la de un mitinero, ni siquiera alcanza al cliché mínimo convencional
