tribuna

El mundo del odio y la mentira

Contaba Juncker con naturalidad que de niño llegaban a su país los italianos y españoles sin idioma y desorientados, y jugaban al fútbol y los invitaban a sus casas, porque era lo habitual: acoger al otro

Contaba Juncker con naturalidad que de niño llegaban a su país los italianos y españoles sin idioma y desorientados, y jugaban al fútbol y los invitaban a sus casas, porque era lo habitual: acoger al otro. Ahora convocan referéndums para echarlos, porque el odio se adueñó de nuestras vidas localistas, como nunca antes en decenios, y creemos que un idílico mundo sin nadie de fuera nos dará garantías de derechos innatos: empleo, sanidad y educación. Pero estamos envueltos en esa burbuja de falsos nuevos mitos en auge; en la apostasía de la globalidad (entendida como propone Ulrich Beck) adquiere todo su esplendor un aldeanismo que no recuerdo ni en la niñez atávica de Anaga, cuando todo se reducía a un amasijo humilde de casas bajo las montañas exageradas de aquella realidad postrera. Petrificamos este instante de la historia con absoluta indecencia. Y seremos cómplices el día de mañana de haber consentido las cuatro mentiras dogmáticas del mundo de Trump, el oleaje rabioso de la ultraderecha de Europa que hoy puede ganar la presidencia de Austria, y toda la trama de oscuras intenciones disfrazadas de nueva cruzada populosa, de magna política social contra el establishment. En aquellos tiempos -los de mi aldeanismo inocente en Taganana- leía en las revistas de mi tío las revoluciones de América Latina. Contra el despotismo de entonces se sublevaban los jóvenes barbudos que seguían a Fidel y otros tantos. Ahora recrece el fascismo populista en Estados Unidos y Europa, irrumpe el trumpantojo en la Casa Blanca vendiendo una nueva loción. El mundo está bajo estado de shock. Todavía resulta inconcebible lo que ha sucedido. Pero, salvo ese recuento que nunca se hará en los estados decisivos, es un hecho consumado. Y en los meses próximos (Italia hoy vota seguramente no en el referéndum de Renzi sobre la reforma constitucional, y tras Austria habrá elecciones en Francia, Alemania, Holanda…) no viviremos para sustos. Así claudica este año 2016, con el mundo patas arriba, como lo observara Galeano, un mundo al revés que da la espalda a lo que habíamos denominado la mundialización en distintos órdenes de la vida, para ensimismarse en las nuevas trincheras en alza.

¿A qué juega Canarias? ¿Al mundo de Trump o al mundo que conocíamos antes de este diluvio de obscenidades racistas que anuncia un nuevo orden encerrado entre fronteras? De antiguo somos por aquí cosmopolitas y en 2006 (cuando llegaron más de 30.000 inmigrantes) no brotó ningún partido xenófobo que invocara levantar muros de piedra frente a África. Creo que está a salvo en las islas por ahora esa cultura receptiva de convivencia entre propios y extraños. Pero el giro que adoptan los acontecimientos en Europa amenaza con contaminarnos. De hecho, a poco que echemos un vistazo al año que termina, comprendemos que políticamente hemos regresado a las cavernas del cainismo tribal y añoramos con sincera advocación a los padres de la autonomía, que hicieron renuncia de los reinos de taifas en aras de un alma que no nos habitaba hasta entonces: la unidad intrainsular. Pero hemos ido perdiendo a pasos agigantados ese esprit de corps, la conciencia grupal. Y vuelven los odios insulares, que llamábamos injustamente odio africano. Nuestras guerras de nuevo cuño resucitan rencores que proceden del pleito secular.

En Estados Unidos cifraron las mentiras de Trump a tantas por minuto, una barbaridad. Gracias a ellas escaló hasta la presidencia de la primera potencia del mundo. Con trápalas por sistema se puede embaucar a todo un pueblo -como ocurre ahora mismo también en Europa, con la ebullición de la ultraderecha-. La política se abastece, en medio de esta confusión general, de tergiversar la verdad. En nuestro microcosmos particular, estamos acostumbrados a ese contradiós de la posverdad que se adueña del discurso político. 2016 se vino abajo desde el primer día, hasta volverse un año emporcado dentro y fuera de las islas.

Hablaba Carolina Darias el otro día de reformar la Constitución bajo el espíritu de los que hicieron la Transición y la redactaron en el 78. Alguna que otra vez se mencionan los Pactos de la Moncloa como el referente de un nuevo modo# de hacer política que beba en la fuentes limpias de la vieja política. Ahora toda invitación al diálogo va cuesta arriba en Canarias, porque se ha impuesto el caiga quien caiga y todas las aguas están empozadas en la gran charca parlamentaria, donde nada sale por consenso y huele mal, como salen las aguas sucias por los albañales. No nos escandaliza lo bastante sucediendo tan cerca de nosotros, porque es la norma en los nuevos escenarios de la política al uso en cualquier latitud, mírese donde se mire: una guerra de capuletos y montescos. Aquí, también, en Canarias, para nuestra desgracia.

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