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después del paréntesis

Pirámide

Los que supieron de su existencia confirmaron que era la ciudad comunista más perfecta del mundo

Los que supieron de su existencia confirmaron que era la ciudad comunista más perfecta del mundo. Entre sus dones contaba con uno de los hospitales más modernos de la Unión Soviética, el piano de cola que se encuentra en el lugar habitado más al norte del planeta, una piscina caliente de agua salada, un hotel rutilante, un polideportivo, avenidas y paseos. El frío (más de 20 grados bajo cero en enero) no fue su condena. Los mil habitantes que la ocuparon supieron proporcionarse calor, criar carne, dar con una gran cantidad de huevos, cultivar hortalizas y demás hierbas comestibles en sus invernaderos. El estiércol de los animales que cuidaban sirvió para el prodigio. Quien paseó por sus límites cuando hubo sol en verano se precisó feliz. La fundaron los suecos en el año 1910. En el año 1927 se la vendieron a los rusos. Codiciaban la materia que se encontraba allí: el carbón. La compañía estatal Arktikugol Trust reclutó valientes por sueldo digno y obró el milagro. Hasta que en el año 1998 se acabó lo que se daba y los mismos que promovieron la invención le dieron cuarenta y ocho horas a los aventureros para que regresaran a los lugares conocidos. El lejos de las falacias políticas y del ruido se acabó.

Se llama Pyramiden (por la montaña que se encuentra a su lado) y está en la isla de Spitsbergen, en el archipiélago de Svalbard, hoy territorio noruego. Todos regresaron, o casi. Durante algún tiempo Vladimir Prokofiev, fotógrafo y guía de los curiosos que osaban acceder al lugar, vivió allí en absoluto retiro. Gozó del misterio de las noches eternas y del frío asolador, en compañía de los osos polares y de los lobos a los que les habló. Se comprueba lo que retuvo el obturador de su cámara: los restos del abandono y las tramas del ardor. Pero ¿qué más cabe en la retentiva de la soledad?, ¿el múltiple color de la nieve, el hálito de la oscuridad o el sonido multiforme del éter?

Hoy es Sashia el que vive en ese remoto confín. Con una misión: cuidar para preservar. ¿Qué? Cuando la civilización construye por provecho también destruye sin conmiseración. Pero hay partes del universo que resisten ese embate. El frío ayuda: al menos quinientos años más. Lo subrayó en sus escritos el escritor inglés Bruce Chatwin: a pesar del perverso Dios, es posible perseguir al Paraíso. Ni flores bellas ni plantas en Pyramiden, pero tanto Prokofiev como Sashia asumen la condición: negarse al bienestar no mata a los hombres; el tiempo anclado redime ese protervo error.

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