Puesto sobre papel, cualquier diálogo adquiere su dimensión más humana. Me pasó esta semana con una larga conversación que sostuve hace diez años con la escritora Ana María Matute. Le pedí una cita para hablar, y lo hicimos una tarde sin otro plan que formular en voz alta preguntas y respuestas. Cada entrevista es un misterio. Tiene su propia ontología, es un género con vida propia; que nadie trate de imponer sus reglas, ni el entrevistador, ni el entrevistado. Devoro las de Chaves a sus queridos enemigos con esa ingenuidad de lectura inesperada, porque nada es previsible entre dos interlocutores que se sientan a hablar por el placer de hacerlo, sin ruta. Así fue con la Matute. Ella traía un tema bajo el brazo. Quería hablar de Carlos Ruiz Zafón. Y yo intenté disuadirla, temiendo que acabáramos no hablando de ella. Pero habló de Zafón todo el tiempo que quiso. Entonces, cuando dejó claro que era una promesa literaria que contaba con su bendición, empezó la entrevista propiamente dicha. Ningún prejuicio que yo pudiera albergar sobre las ideas de la escritora más venerada de la literatura (femenina o no) del país, me sirvieron de nada. Ella hablaba desde la fantasía y asumí que su mundo estaba en su cabeza y no en la mía. Por eso decía con naturalidad que los duendes eran reales si cada cual lo consideraba procedente. No hay peor ciego que el que no quiere ver. Ella hablaba con los duendes desde niña. Y no había tenido una niñez condescendiente, siendo acomodada su familia; no, porque era una niña tartamuda y se burlaban de ella en el colegio cuando el acoso escolar y mucho más el bullying eran tan remotos como el mundo de Internet. Por eso se hizo escritora. A los cinco años debutó con un cuento en el que trataba a los duendes como si fueran de carne y hueso, y cuando alumbró Olvidado rey Gudú, su novela definitiva para que le dieran el Premio Cervantes, era una escritora docta con la misma niña neófita adentro. Todo el curso de la entrevista giró en torno a la magia. Tenía respuestas inusitadas: “Cuando nació mi hijo no lo comprendía, sabía que era magia”. Sufrió cuando lo separaron de ella al divorciarse. Y me dijo, por último, ya octogenaria, “¡ay, si pudiera venirme a vivir a Canarias!”. Porque nos envidiaba la naturaleza.
Ana María Matute, donde los duendes
Puesto sobre papel, cualquier diálogo adquiere su dimensión más humana. Me pasó esta semana con una larga conversación que sostuve hace diez años con la escritora Ana María Matute

