Los clásicos nos advirtieron que en el justo medio está la virtud, una máxima que resulta ser cierta en todas las situaciones de la vida, y, en particular, en la vida política. Cualquier principio, por encomiable que sea, llevado a su extremo incondicional y absoluto, con independencia de sus circunstancias, se convierte en aberrante, opresivo e inhumano. En definitiva, deviene en inaplicable o en conculcador de los derechos ciudadanos. Pues bien, las anteriores consideraciones son especialmente aplicables a los animalistas, a los defensores de los mal llamados derechos de los animales. Porque hay que advertir que los animales no tienen derechos, en cuanto que no son personas y no pueden asumir obligaciones ni sus dueños pueden asumirlas por ellos. Somos nosotros los que tenemos obligaciones con los animales, y es muy positivo que tengamos esas obligaciones y que los animalistas nos las recuerden y luchen por ellas. Es muy positivo que se combatan las salvajadas y crueldades a las que bárbaros desalmados someten a los animales, por simple capricho inicuo o diversión perversa. Es muy positivo que los animales que han de ser destinados al consumo humano sean criados, transportados y sacrificados en condiciones adecuadas. Lo que no es tan positivo es que la presión sobre las compañías aéreas les obligue a negarse a transportar cobayas de laboratorio, poniendo en peligro investigaciones que, por ejemplo, tienen que ver con la salud humana y los tratamientos médicos. Por ese camino habría que prohibir las campañas de desratización. Y lo que no tiene ningún sentido es intentar prohibir los camellos -dromedarios- en las Cabalgatas de Reyes, como se intenta en Tenerife y han conseguido en otros sitios. Seguro que el supuesto estrés de los camellos -que nadie ha definido ni demostrado- es muy inferior al del ganado que participa en nuestras romerías y arrastres de ganado, que supongo serán los próximos objetivos coherentes de los animalistas canarios. En la Península es de esperar que sean las carreras de caballos.
Se están combatiendo los delfinarios y los zoológicos, es decir, toda investigación animal y conservación de especies en peligro de extinción. Y llegaremos, como en una de las religiones del subcontinente indio, a tener que usar pañuelos en la boca para no tragarnos inadvertidamente algún mosquito y así matarlo. Porque, sin el justo medio, se impone la locura de la sinrazón.
