Los bloques de hormigón atravesados en las calles principales de las capitales europeas, esta nochevieja, retratan la situación. Muros fronterizos cada vez más altos. Bloques cada vez más cerca de la puerta de casa. Horroriza, y entristece, que bajo las ruedas de un camión cargado de frustración, odio y sinrazón se esfumen tantos días por vivir, tantas cosas por hacer, tanto que dar o recibir. Horroriza que la desesperación dispare rabiosamente a un embajador ruso. Entristece la muerte del diplomático o el agujero negro que arrastró a quien aprieta el gatillo. Empapa de frustración la certeza de convivir con la posibilidad de que alguna vez, que sería la última, balas, bombas o camiones se nos crucen fatalmente en un aeropuerto, terraza, estadio, museo, avión, discoteca, cafetería o andén. Horroriza, y entristece, poner nombre, apellido, rostro o relato a los penúltimos sacrificados de una guerra que se libra en todas partes y en ninguna, con soldados-fantasmas que puede ser cualquiera o ninguno. Duele el horror que las cámaras acercan otorgándole existencia, pero también debe entristecernos que cientos de miles de padres, madres e hijos sean aplastados a diario desde hace años agonizando o huyendo de Siria, o que cuando esto último se escucha o lee reduzcamos todo a un gesto tan fugaz como mínimo de compasión. Dolor, muerte o barbarie deben horrorizar y entristecer sin distinción. Avergüenza que cuando el paisaje del horror nos resulta más familiar (espacios que sí reconocemos como propios) la herida nos sangre bastante más que cuando los muertos caen en paisajes que no están en nuestra realidad, en países que no consideramos de este mundo. Llama la atención que reduzcamos todo a poner los bloques de hormigón cada vez más cerca de la puerta de casa.
Bloques de hormigón
Los bloques de hormigón atravesados en las calles principales de las capitales europeas, esta nochevieja, retratan la situación. Muros fronterizos cada vez más altos
