Estoy seco. No tengo ganas de escribir y los temas han huido como almas que lleva el diablo. No quiero meterme con nadie y han llegado a aburrirme, sobre todo estos que están en el poder, incombustibles. No hay quien los eche, se han pegado a sus sillones con poxipol. Ni los argumentos menos viscerales de Pérez, en La Laguna, ni los esfuerzos de Román en el Parlamento han podido con el cinismo de Antona y con la tibieza del PSOE. Estoy asustado: nadie quiere que nada se mueva para seguir todos ellos calentitos en sus puestos, bien remunerados. Yo votaría porque concejales y parlamentarios no cobraran un euro.
Los que sean ágrafos que se pongan a cargar cajas y los demás que vuelvan a sus profesiones. Tampoco los consejeros del Cabildo. Que los cargos políticos no cobren y los técnicos y funcionarios, sí. Como en los tiempos de Franco, en los que se mamaba mucho menos que ahora, porque el dictador era un hombre bastante parco en el gasto, según cuentan sus biógrafos. A él lo que le gustaba era cazar ciervos indefensos y despistados y pescar atunes en el Azor, aquel barquito que a su muerte subastaron por cuatro perras, creo que para el desguace. Bueno, también le gustaba firmar sentencias de muerte, para qué nos vamos a engañar, que el dictador no era lo que se dice un querubín. ¿Ven? Los temas que me vienen a la mente no valen la pena, están demasiado trillados. Ahora estoy leyendo más memorias diplomáticas de Inocencio Arias, que es gracioso contándolas. Una vez, en medio de un pedo, en Los Ángeles, me hicieron levantar de la mesa para hacer un discurso, que me salió fatal; porque estaba cargado. Uno de los diplomáticos presentes le preguntó a un compañero de prensa: “¿Quién es ese tipo borracho que dice esa sarta de disparates?”. Este fue mi único contacto con la diplomacia española. Ay.
