en la carretera

“Felicitates”

En sus orígenes, el adjetivo feliz viene del latín “felix, felices”, con un sentido de fértil o fecundo

Qué fácil de pronunciar este sencillo vocablo, pero cuántas veces nos paramos a reflexionar sobre su significado, o su sentido no literal, sino el que nos ofrece como personas, como alguien que da algo a otro. Confieso que yo pocas. Mucho menos el sentido que los latinos le daban y que hoy nosotros lo resumimos a un “devolver las felicitaciones que el otro u otra comparte contigo”.

Estamos en Navidad, por lo menos hasta el primer domingo después de la celebración de la mágica noche de Reyes Magos, y es tiempo de “felicidades”, de compartir –por lo menos compartimos algo, es positivo- la palabra felicidades. Nos fluye de los labios casi de forma automática, se escapa de nuestro cerebro y corresponde a otras felicidades que conocido o extraño te desea. ¿Por qué es un deseo, un acto de buena fe, de dar deseos de felicidad a otros? No sé, no acabo de hallar seguridad plena en que nosotros consideremos esto así, hoy, en el siglo XXI. Para un cristiano primogénito, de aquellas primeras comunidades cristianas, sí que lo era. Los primeros cristianos deseaban un “felicitatem tecum”, y envolvían a los otros en un “que la felicidad esté contigo”.

En sus orígenes, el adjetivo feliz viene del latín “felix, felices”, con un sentido de fértil o fecundo. Esta palabra tiene su origen en el mundo agrícola, en los ámbitos del campo, de lo fértil, de lo que da fruto, lo que se entrega a otro y el otro lo recibe reproduciéndolo aún con más fuerza hacia los demás. Los poetas romanos hablaban de “arbor felix” para referirse, para denominar a un árbol que daba muchos frutos. Plinio afirmaba que los árboles que no daban frutos se llamaban “infelices”.

¿Pero se es feliz cuando se desea felcidades, se es más feliz? Yo afirmo, probablemente con mucho atrevimiento –pido disculpas a mi camarada y hermano de letras, José Juan Rivero-, afirmo que sí. Sí, se es más feliz cuando se desea felicidades. Pero, siempre hay un pero, con una condición básica: ese hecho de felicidades, de desear felicidades ha de llevar implícito el sentirse feliz de compartir “felicidades”.

Una vez, en una Misa del Gallo, Paco Arteaga, un buen párroco y amigo, sacerdote de la Cruz del Señor, en Santa Cruz, que lo fue durante muchas décadas, levantó al Niño Jesús, recién nacido en la noche del 24 de diciembre y dijo: “Felicidades, el Niño Dios ha nacido”. Recuerdo aquellas felicidades de Paco, y hoy cuando investigo un poco sobre lo que pudieron sentir las primeras comunidades cristianas, que celebraban el nacimiento de Jesús, lógicamente allá por el siglo IV, aproximadamente, estas comunidades probablemente sentían lo mismo que vi yo en los ojos de Paco, y el resto de la asamblea reunida en aquella eucaristía de hace ahora unos 25 años. El pasado sábado 24, volví otro año más a ver el verdadero significado de la palabra “felicidades”, también cuando don Lucio, presbítero de Santo Domingo en La Laguna, llevaba a cabo el mismo gesto simbólico para recordar el nacimiento de un niño en Belén que cambio el mundo, como ese vocablo, “felicidades”, dicho así, también modifica cualquier gesto de tristeza que anide en nuestro rostro estos días.

Ciertamente, como dirían los psicólogos, la felicidad es un estado del ánimo que supone una satisfacción. Quien está feliz se siente a gusto, contento y complacido. Igualmente, desde un punto de vista biológico, desde el hecho científico, la felicidad es el resultado de una actividad neural fluida, donde los factores internos y externos estimulan el sistema límbico. Cualquiera siente el habitar de la felicidad cuando alcanza sus objetivos y cuando logra solucionar los distintos retos a los que se enfrenta en su día a día. En los casos en que esto no se logra, se produce la frustración que lleva a la pérdida de la felicidad, y quizás se vuelve a aquel sentido de “infelices”, propuesto por los antiguos romanos, porque no se consigue dar fruto.

Sin embargo hay otro sentido de la felicidad, muy propio de nuestras sociedades desarrolladas y consiste en relacionar la felicidad con los bienes materiales y con el señor don dinero. Incluso después de la lotería del pasado día 22, en muchos informativos de televisión a los premiados se les escuchó repetir el tópico de “el dinero no hace la felicidad, pero ayuda”. Sí, pero, -otra vez el pero-, sí, el dinero es un medio necesario, no imprescindible, para la satisfacción de las necesidades materiales humanas; aunque, estarán conmigo, en que una vez que éstas están satisfechas, el individuo tiende a buscar productos o nuevos consumibles que le proporcionen mayor felicidad, o un sucedáneo de felicidad.

Puestos aquí, y ya casi o en el año 2017, yo me apunto a las felicidades de los primeros cristianos, a lo espiritual, donde se asocia la felicidad a un estado del alma en el que el ser se siente en paz. Este estado puede alcanzarse con una relación personal o con el vínculo con los seres queridos. Incluso en ese día 24, recibiendo a Jesús, y sintiendo que un nuevo amor ha nacido y hay que compartirlo y repartirlo entre quienes nos rodean. Sencillamente como esa familia, esa Sagrada Familia, la formada por María, José y el pequeño Jesús, también lo hicieron, dando y recibiendo paz en un año que comienza como este 2017: ¡Felicitatem tecum!