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por qué no me callo

John Berger y los años eternos

Conté una vez lo que dijo el papa de la vejez, con humor, “esa palabra fea”. En la muerte de John Berger (90 años) hay una exactitud del tiempo que incomoda

Conté una vez lo que dijo el papa de la vejez, con humor, “esa palabra fea”. En la muerte de John Berger (90 años) hay una exactitud del tiempo que incomoda. Preferimos negar la evidencia ante un hombre de ojos azules de pescador, como lo describió Juan Cruz tres meses antes de morir, aunque los dolores de espalda lo obliguen a reposar tras muchos kilómetros en moto cruzando países enteros con hambre y sed de experiencia. En la residencia de ancianos que frecuento están, junto a mi padre, que tiene la edad de Berger, esas miradas juveniles que el cuerpo derrotado desmiente en las hileras de viejos sentados meditando sugestiones increíbles. Berger estaba lúcido y huérfano como siempre. Escritor de ensayos y poemas, de novelas y teatro, y pintor. Y gran perfeccionista de estilo proustiano, fan como yo de César Vallejo, que era un poeta difícil y contrahecho, pero un imán, como me dijo Ramón Trujillo en Lima, que es otro selecto ejemplar de senectud: camina todos los días como un estudiante, y todos los días va a clase de italiano, por darse el gusto de leer a Dante Alighieri en su idioma, la Divina Comedia al natural, como lee a Shakespeare en inglés y a Goethe en alemán. Los viejos del sur, como hoy nos cuenta Mateu, son cada vez más, pero las residencias de la vejez escasean. La vejez no tiene casa, te quedas en la calle cuando eres viejo, si te descuidas. Berger no parecía un anciano cerca de París. Uno piensa que hay longevos honorables que nos ha dado tanto placer leerlos a lo largo de la vida que nunca morirán. Pensé que nunca iba a morir García Márquez, lo pensé de verdad, y ahora que releo sus mejores novelas (Del amor y otros demonios, de recomendable relectura) sigo echándolo de menos. Berger iba para pintor y se casó con la literatura comentando cuadros para la BBC. Los Modos de ver, el hímnico ensayo de arte de cabecera, y libros de ese porte que el autor no podrá volver a escribir, porque se ha ido con 90 años de la puerca tierra a Dios sabe dónde. Berger -casi Borges, otro venerable ausente- era un hombre de otro siglo que no era este ni el suyo, el siglo pasado, sino otro venidero “que yo no voy a ver”, dijo. Todo el tiempo que cabe en una residencia de ancianos se cuenta por centenares, miles de años. Escritores ancianos que perdieron el rastro de sus musas en las lagunas de la mente zozobran sentados inertes, sin recordar, a menudo, quiénes fueron, eminentes y galardonados. Celebramos la salud de Vargas Llosa, octogenario, y la de Manuel Ravelo, centenario, que lee el DIARIO sin gafas en Santa Cruz.

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