Muchos seguidores de la política norteamericana nos hemos visto sorprendidos -y defraudados- por el desarrollo de las últimas semanas de la presidencia de Obama. Una tradición política no escrita, como tantas otras de los países anglosajones, establece en estos casos unas normas de decoro, elegancia y buenas maneras, al menos ante la opinión pública y los medios. Unas normas muy importantes en ese difícil período que se extiende desde las elecciones de noviembre hasta la toma de posesión del nuevo presidente el 20 de enero; sobre todo en casos como el actual, en el que el mandatario saliente y el entrante son de distinto partido y propugnan programas políticos enfrentados.
Pues bien, estas normas han sido rotas por Obama. Sus acusaciones sobre ataques informáticos rusos que, supuestamente, difundieron noticias que alteraron la intención de voto de algunos electores, al margen de su veracidad o no, ponen en cuestión la democracia norteamericana, la madurez de su electorado y la legitimidad de la elección de Trump. Y por eso no tienen precedente y no son de recibo, y menos procediendo de quien proceden. Porque, además, ¿qué sentido tiene acusar ahora a los rusos cuando, en plena campaña electoral, fueron el FBI y otras agencias de inteligencia dependientes de la Casa Blanca los que reabrieron el caso de los correos de Hillary Clinton y perjudicaron gravemente sus opciones? ¿Intenta Obama encubrir su responsabilidad en lo sucedido?
El mal estilo de Obama se completa con sus ofensivas declaraciones afirmando que él sí hubiera vencido a Trump, y por sus martingalas políticas de última hora, como el cambio de las normas de admisión universal de los inmigrantes cubanos irregulares que alcanzan suelo norteamericano. Obama ha aprovechado sus últimos días en la presidencia para establecer la posibilidad de que sean deportados a la dictadura cubana.
Por último, sus lloriqueos -y los de sus hijas- en público, que recuerdan el comportamiento similar en parecidas circunstancias de Jimmy Carter -y también de sus hijas-, uno de los peores y más débiles presidentes estadounidenses, terminan de destruir la imagen y poner en su sitio a un personaje, del que ahora se revela su auténtica dimensión. Porque ni Obama ni sus seguidores deben olvidar que, precisamente, su herencia es Trump. Que el resultado de sus políticas y el legado que deja a su país después de ocho años de presidencia se llama Donald Trump.

