Hace más de 2.200 años ya estaba Iberia conformada como provincia del Imperio de Roma, bajo el nombre de Hispania. Roma colapsó en el siglo V, luego de múltiples invasiones que dieron lugar en España al reino visigodo del siglo VI. El islam se mantuvo 750 años en Al Andalus, hasta la toma de Granada del siglo XV. La Reconquista fijó el mapa de España que aún perdura. Aparecieron las nuevas naciones del Renacimiento, donde la España de los Austrias fue potencia global. Con Felipe V, el primero de los borbones a inicios del siglo XVIII, luego de la Guerra de Sucesión y con el Decreto de Nueva Planta, se abolió el Antiguo Régimen, se unificó la justicia y la escuela y se abolieron las aduanas interiores. Se unificó el sistema fiscal y el Derecho Público según el modelo de Castilla, contra las posiciones de Aragón, cuyos fueros conservaron entonces por su fidelidad a Castilla, Vascongadas y Navarra. Resulta sorprendente ver este asunto histórico aún vivo. La nación liberal nació en oposición a los antiguos regímenes de las monarquías absolutas, que en España creará, gracias a la Guerra Napoleónica, la primera Constitución de Cádiz en 1812.
Ya entonces, en 1789, se había aprobado la Constitución Americana, modelo de las revoluciones burguesas. La francesa de 1848 inició la República que conocemos. El sucesivo fracaso del nuevo régimen en España llega hasta hoy, enfrentando liberalización y conservadurismo. Analizado en términos de mercado, las Guerras carlistas, desde 1883 a 1876, tuvieron como fin principal abolir los Decretos de Nueva Planta, del siglo anterior. Mientras se perseguía la lógica supresión de fueros y leyes particulares, enlazados en el conflicto dinástico de carlistas y liberales. La crisis dio pie a la I República, que solo duró un año y que acabó en 1898 con la pérdida de las grandes colonias españolas. España, como construcción histórica, atravesó la Primera Guerra Mundial, la Revolución Rusa de 1917 y el fin de los imperios coloniales. Anticipó en el 36 a la Segunda Guerra Mundial con su segunda República y luego de ella 40 años de franquismo y 40 años más de constitución y monarquía. Hoy en Europa, donde ingresamos en 1986 y en la globalización sin rumbo definido. España ha mantenido en su historia invariantes que le impiden progresar. En un momento donde no acaba de construirse la supranación europea y se deconstruye España hacia abajo. Así los elementos tradicionales que conforman la nación, como el mercado, mientras se unifica parcialmente hacia arriba con las cuatro libertades europeas, de establecimiento, servicios, mercancías y capitales, se bloquea hacia abajo generando 17 mercados, incrementados con la deriva territorial, que no esconde más que la reserva de mercados por sus élites locales. España ha deconstruido territorio, justicia, escuela, lengua y sanidad, renunciando ante los nacionalismos. Mantiene regímenes forales sin actualizar, opuestos al sistema común de la UE, fósiles hispanos desde el siglo XVIII. Incluso, en sus aspectos simbólicos, seguimos sin pacificar la figura del jefe de Estado, la bandera y el himno, que no tiene letra. Hasta la religión y sus valores, que ya son solo sociológicos, se atacan. Hoy la Nación-Estado que nos queda, defendida solo por la Hacienda Pública y la Seguridad Social, únicos garantes de la nación al margen de la coacción del Ejército y las policías. Huyendo hacia adelante con un gasto público no sostenible. Con una Administración a la que, ya en la globalización, le sobra un tercio de sus medios, le aterroriza colaborar con lo privado y bloquea las iniciativas que no controla.
