El fenómeno religioso ofrece tantas derivas que es complejo situarlo. El 60% de los habitantes del mundo se considera religioso, el 25% no religioso y el 15% ateo. En Europa se ajustan estas cifras en el 51%, 26% y 23% respectivamente. A su vez la forma de los Estados del mundo responde a la atención del fenómeno religioso. Organizándose en Estados ateos, Estados laico-aconfesionales y Estados confesionales-teocráticos. Los primeros prohíben cualquier culto religioso y sus iglesias. Los segundos separan Iglesia y Estado, y los últimos declaran oficial una religión, limitando la libertad de cultos y trasladando a lo público valores religiosos. Como construcción histórica, el mapa mundial de las religiones también ofrece su mensaje. Las religiones monoteístas, con el cristianismo en cabeza (30 d.C.), que incorpora como principales a católicos, protestantes y ortodoxos. El islam (623 d.C.), con suníes y chiíes, de primeras corrientes. El judaísmo (1.400 a.C.) y el zoroastrismo (600 a.C.). Sigue el gran mundo de las religiones de origen hindú, donde prosperó el hinduismo (3.000 a.C.), el budismo (600 a.C.), con sus ramas principales theravada y mahayana, el jainismo (600 a.C.) y el sijismo (S.XV d.C). Se completa el mapa oriental con la China, confusionismo (500 a.C.) y taoísmo (600 a.C.), y en el milenario Japón el sintoísmo (siglo VI a.C.). En general las religiones antiguas son politeístas o carecen de Dios. Se completa el mapa básico con las religiones primitivas, sostenidas en el animismo, el politeísmo y los mitos.
Tan variadas como los idiomas del mundo. De las 6.000 lenguas existentes, según el Instituto Smithsoniano de Washington, el 50% desaparecerá en este siglo. Lengua, religión, política y nación se cruzan haciendo juegos en la historia. Como señala Gibbon en su Decadencia y Caída del Imperio Romano (1780), las religiones en Roma eran consideradas verdaderas por el pueblo, falsas por los filósofos y útiles por los políticos. En su tesis, el cristianismo precipitó la caída de Roma, al sustituir el politeísmo por el monoteísmo, perdiendo con ello su capacidad de integrar culturas. Desde la política lo importante de las religiones reside en la identidad que crean, lo que se utiliza por los Estados para reforzar sus naciones, al igual que con la lengua. Los Estados modernos precisaron religiones monoteístas, que apoyaran la unidad del poder. Todas las religiones desarrollan sus creencias, valores morales y estructura de prácticas y fiestas. La evolución social y económica ha ido alejando al ciudadano de la religión institucional, no del sentimiento religioso. Que se mantiene por encima de lecturas, como la mantenida por Freud, padre del psicoanálisis, como mecanismo de defensa infantil. O la versión de Marx, como opio del pueblo. El hombre evolucionado es un animal simbólico, que desarrolla nuevas espiritualidades en la sociedad globalizada. Ligadas a la búsqueda del conocimiento, de experiencias o de sabiduría. Las neorreligiones, producto de la secularización, la desintegración social, la falta de seguridades, los adelantos de la ciencia y tecnología, la sociedad del consumo, adquieren nuevas formas. Vemos cómo el ecologismo, la política, el feminismo, el animalismo, las múltiples derivas religiosas, hasta el arte y la cultura, generan organizaciones sostenidas en identidades sectarias. Construyendo nuevas neorreligiones con creencias, valores y sus propias prácticas cíclicas. Lo que haría cualquier religión, pero con cohesiones más emocionales que racionales y centradas sólo en su grupo e invadiendo su identidad.
