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De medicina y otros entuertos – Por Luis Espinosa

No cabe duda de que el mundo que conocemos ha dado muchas vueltas y ha cambiado tanto desde los años 30 del siglo pasado que, actualmente, los más veteranos apenas lo conocemos. Las ciencias han evolucionado tanto que actualmente se puede matar a la gente con mucha más facilidad que hace décadas

No cabe duda de que el mundo que conocemos ha dado muchas vueltas y ha cambiado tanto desde los años 30 del siglo pasado que, actualmente, los más veteranos apenas lo conocemos. Las ciencias han evolucionado tanto que actualmente se puede matar a la gente con mucha más facilidad que hace décadas. La industria, la economía, el derecho, la química, la electrónica y la medicina, por citar algunas, casi nos han aplastado en estos últimos años con sus avances meteóricos.

Pese a todo ello pienso que aún no se ha llevado a cabo un estudio de una forma de vida, podríamos decir, de una faceta derivada de la higiene, sanidad y mejoramiento del individuo. No se asusten, mi filosofía, no pasa de citar o escribir dos o tres palabras altisonantes.

Vayamos al tema. Me refiero a que no se han llevado a cabo estudios concienzudos de la convalecencia.
Las lánguidas damiselas de los siglos del romanticismo eran muy listas. Nada de tisis galopante o derrames cerebrales masivos, no. Sufrían unas enfermedades ( o convalecencias) muy largas, larguísimas. Les daba tiempo a enamorarse y desamorarse varias veces, a que el tío de América apareciese con los bolsillos llenos de patacones 0, incluso, les podía dar tiempo a curarse.

Pero siempre, siempre, el motivo del largo descanso tumbado en la cama, en el sofá o en la chaise longue (que suena mucho más romántico) era que disfrutaban tomando grandes tazas, o lo que se usara entonces, de caldo de pichón.

Me contó un amigo hace muchos años que, durante la guerra civil española su familia se exilió en un país fuera de nuestras fronteras, en una pequeña población de provincias donde el sistema para conseguir proteínas animales era llegarse al parque, a la plaza mayor o menor o a las cercanías de una acequia de riego donde revoloteasen palomas las cuales, con trucos y engaños eran cazadas.

Los que somos algo mayores no podemos olvidar el caldito de pichón que nos traía la abuela (en ocasiones junto a una novela de Alejandro Dumas o de Ridder Haggard) cuando convalecíamos por un sarampión o unas paperas (debería, por mi profesión, decir parotiditis) u otra cualquier papuchez.

Porque las abuelas siempre tenían pichones de paloma a mano. Toda casa de categoría que se honrase tenía un palomar. En el caso de mi abuela paterna era un palomar enorme, construido como una habitación normal, cerrado en la parte alta con anchas porciones de tela metálica. Allí vivían, dormitaban y ponían huevos más de veinte palomas que se daban la gran vida hasta que llegaba el rumor de que en la casa alguien había enfermado.

Pero ahora, con tanta prevención, con tanta vacuna, ¿Qué crío o cría enferma de rosita, varicela, tosferina o gripe? ¿Y qué tiempo pasa en la cama? Los padres, para quitárselos de encima, en cuanto observan que ya no tienen fiebre los mandan al colegio, aunque eso sí, bien abrigaditos Con lo cual han perdido para siempre la posibilidad de tomar un plato sopero lleno hasta arriba del delicado caldo de pichón de la abuela correspondiente. Es una injusticia y no es una mejora después de tanta hablar de ella.

Creo sinceramente que deberíamos indicar a los jefes de los partidos políticos la necesidad de incluir en sus programas la protección de la convalecencia larga y acompañada de caldo de pichón. Y si viene con una novela de R.L. Stevenson, mejor.

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